por Carlos Horacio Bruzera                        

Por derecho de antigüedad, fue el primer monumento de Buenos Aires, por su significado, por su ubicación y aún por los avatares a que estuvo sujeta. La Pirámide de Mayo, es en verdad un obelisco y debió ser el símbolo por excelencia de la ciudad, el que la representara por antonomasia como la Torre Eiffel lo hace con París y el Coliseo con Roma.

Pero no fue así.
La Pirámide tuvo una existencia sufrida, de constantes peligros, de despertar sin saber a ciencia cierta si estaría "viva" un día más.

Así que la cuestión del simbolismo fue algo secundario si se quiere, y finalmente no lo reclamó. Un pariente cercano con nombre bien puesto y muchísimo más joven se lo virló: el Obelisco.

La Pirámide nació casi casi con la Patria, cuando a principios de 1811 se pensó festejar el primer aniversario de Mayo. Se pretendía efectuar una fiesta especial, con guirnaldas, arcos triunfales, juegos, soldados y niños.

En el cruce de ideas surgió la de construir un obelisco de madera y mampostería en la Plaza de la Victoria como para que los festejos resultaran más redondos. Claro está, algo provisorio, de fácil desarme. Allí fue que opinó Juan Antonio Gaspar Hernández, profesor de escultura nacido en Villanueva, Provincia de Valladolid. Opinó, como decía, pidiendo que la construcción de la Pirámide fuera con carácter permanente como el mejor homenaje a los faustos que se quería recordar.

Tras las clásicas idas y venidas de los papeles y las personas entre el Cabildo y el Fuerte, privó la idea de Hernández y la Junta aprobó el proyecto.

Para la ejecución de la obra se pensó en el alarife Francisco Cañete, considerado por entonces como uno de los mejores constructores disponibles. Francisco y su hermano José, habían nacido en Cádiz y llegados al Río de la Plata por encargo de Manuel Belgrano habían asumido en 1800 el cargo de Directores de la Escuela de Dibujo del Consulado.

El 6 de abirl de 1811, en plena asonada saavedrista, en horas de la mañana, el Coronel de Húsares Martín Rodriguez y el Doctor Joaquín Campana, participante de la asonada, presidieron los primeros trabajos de cimentación del obelisco. Cañete aseguró que la tarea estaría concluida para el 25 de Mayo sin que nada ni nadie lo quitara de la misión.
De ahí en más, con un presupuesto de 6.000 pesos y 500 ladrillos, la construcción fue alzándose en medio de la plaza.

En el afán de rapidez y economía, la Pirámide fue edificada hueca, con una vara fuerte de madera en el medio a fin de darle la fortaleza necesaria.

La primera mención que se hace de la Pirámide, inclusive dándole este nombre, es la de María Guadalupe Cuenca de Moreno
, quien en carta a su esposo le dice que "en la plaza principal están levantando una pirámide".

Y fue Pirámide nomás como vemos, por acuerdo popular; Pirámide y no Obelisco como era en realidad.

Asentada en una base con dos gradas y rodeada por una reja sostenida por doce pilastras, la sencilla construcción tenía una altura de casi 15 metros, rematada por un vaso de dubitativo simbolismo.


Aunque la promesa de Cañete no se cumplió, ya que para el 25 aún restaban trabajos que realizar, la Pirámide fue en esa fecha formalmente inaugurada, convirtiéndose de inmediato en el eje de los festejos en los cuatro días que siguieron.

A Juan Manuel Beruti en sus "Memorias Curiosas", nada se le escapaba de lo que sucedía en la ciudad. Apuntó por ejemplo: que en cada frente se le colocaron décimas referidas a las victorias y a la misma obra que ese día comenzaba a presidir las celebraciones patrióticas. Además de las luminarias, se colocaron en su derredor las banderas de los Regimientos Patricios, Pardos y Morenos, Arribeños, Húsares y Granaderos.

Ubicada a sus pies, una plataforma alfombrada era utilizada para dar cabida a las autoridades, y para permitir que se efectuaran las danzas y se entonaran las canciones alusivas.

El 13 de febrero de 1812, el Cabildo reparó en la Pirámide, disponiendo que en cada ángulo de la reja perimetral se colocaran faroles alimentados con grasa de potro.
Con pasos hasta allí seguros, el monumento se convirtió en el lugar en que se citaba la ciudadanía para festejar las victorias de los ejércitos patrios y los grandes acontecimientos cívicos. Hasta es posible que para los argentinos de entonces fuera ya un símbolo de la Ciudad del Plata.

A partir de 1813, por Decreto del Gobierno, todos los días jueves los escolares debían concurrir a la Plaza de la Victoria para cantar el himno frente a la Pirámide. En el año 1815, Manuel Moreno, hermano de Mariano y Director del periódico "El Independiente", se preocupa poco antes de la desaparición de la publicación, porque ya no se veían en la Plaza a los estudiantes cantando el himno los días jueves. Iban a dar inicio los tiempos de zozobra para ella. El primer grito de alarma sobrevino en 1826, cuando Rivadavia pensó, dominado por afanes e ilusiones de progreso, que la pobre construcción desentonaba, más bien parecía un palenque ad hoc, al que sin ir más lejos los montoneros de 1826 habían sujetado sus caballos. No era pues algo que mereciera el respeto. Eso habrá pensado el Presidente que con fecha 18 de mayo de 1826 envió al Congreso un proyecto de ley de 6 artículos dedicados a hermosear la ciudad como era debido, a través de la Plaza por excelencia.

Pero la verdad es que la Pirámide no se alejaba de la mente de los gobernantes. En 1877 alguien acercó la idea de magnificarla vistiéndola con mármoles. Para tal intención y ganar tiempo, se pidió a Luis Tamini, un italiano radicado en nuestro país al que amaba y en donde se había recibido de médico justamente en Córdoba y a la sazón en Europa, averiguara precios y condiciones en los talleres italianos. Si bien Tamini se dedicó de inmediato a la tarea informando sobre lo solicitado en los primeros meses de 1878, la empresa no pasó de ser un susto más.

No pasarían más de seis años para que los cimientos del "Altar de la Patria" temblaran, esta vez justificadamente, peor aún que en 1826.

El Intendente Torcuato de Alvear, empeñado en transformar Buenos Aires costara lo que costara, en una ciudad brillante, hermosa y sobretodo europea, mandó echar abajo la Recova. El 8 de mayo de 1884, la construcción no existía y las dos plazas se convirtieron en una sola, la de Mayo.

Ya no había posibilidades de esconderse en ese espacio tan desierto y Don Torcuato la vio, hasta es posible que recordara en ese momento la figura de José Valentín Gómez regresando de 1826: "triste monumento". Fue así que Alvear, que no se andaba con chicas, convocó al Ingeniero Juan A. Buschiazzo, que tampoco cojeaba de ese lado, a fin de reemplazar directamente la Pirámide.

Miguel Angel Scenna dice, al respecto: "Quedan aún fotos de la maqueta de ese monumento que debió levantarse en mitad de la Plaza, y en ellas se destaca la espantosa 'monstruosidad' que estuvieron a punto de inferirnos. Era una gigantesca obra de repostería, una elevada columna llena de placas, bronces y mármoles, con banderas agitadas al viento y gestos heroicos a carradas, es decir, el más elemental lugar común de la escultura con que de allí en adelante llenaron impunemente a Buenos Aires".

Pero antes de dar semejante paso, ya la Pirámide tenía derechos que respetar con sus más de 70 años, se decidió efectuar una consulta con los hombres de las artes y la historia más destacados de la hora: Bartolomé Mitre; Vicente F. López; Domingo F. Sarmiento; Nicolás Avellaneda; Andrés Lamas; Miguel Estévez Seguí, que fuera Jefe de Policía y Presidente de la Muncipalidad; Miguel J. Carranza, Manuel Ricardo Frelles y José Manuel Estrada.

Las opiniones fueron encontradas, pero la demolición pareció entonces un hecho. Cinco de los personajes convocados sostuvieron la necesidad estética de derrumbarla. Cuatro, Avellaneda, Lamas, Estrada y Estevez Seguí, se inclinaron por respetarla y el restante se inclinó hacia los "leales" pero aconsejando la restauración. Fue curiosa la postura de Mitre, ya que mientras él sostenía la oportunidad de la limpieza del parque, su diario, "La Nación", hacía una acalorada defensa de la indefensa Pirámide.

Pero eso de indefensa no pasa de ser un error conceptual de mi parte, porque la verdad es que se armó tal alboroto popular, tales las protestas periodísticas, que Alvear prefirió no continuar con su calogia ciudadana.

A salvo?. Para nada.

A los pocos meses, el 25 de octubre, por suerte no fue el 25 de mayo, el Congreso de la Nación, nada menos, decide eliminar el "triste monumento". A un costo presupuestado de 300.000 pesos, más el aporte federal de las provincias, se resolvió que se instalaría "una magnifica fuente de bronce". José Valentín Gómez pudo haber trepidado en su tumba al escuchar hablar nuevamente de la "fuente de bronce".

Pero no prosperó la iniciativa. Por suerte para la Pirámide y para desgracia del país, se avecinaban horas dramáticas y nadie estaba ya para fontanas por más patrióticas que fueran.

Lo único que pudo hacerse, fue cumplir con una disposición de la Junta de Mayo, cajoneada ya por ese tiempo, que mandaba la colocación al pie de la Pirámide, de una placa de bronce con los nombres de los primeros patriotas muertos por la libertad: Felipe Pereira Lucena, muerto en Huaqui el 20 de junio de 1811, y de Manuel Artigas, caído en San José el 25 de abril de ese mismo año. Es más, la placa fue entonces costeada por suscripción popular a iniciativa de Eduardo Ortiz Basualdo.

Las cosas tomaron entonces otro imprevisto giro. Como no se podía voltearla sin tener que hacer frente a la reacción popular, por lo menos se podía correrla para que al menos no molestara.

El primero en exponer esta idea fue el Intendente Alberto J. Bullrich en 1899, cuando solicitó a la Nación el apoyo financiero para trasladarla. El inspirado intendente se dió sin embargo de narices ante la negativa terminante del Ejecutivo. Y allí continuó la Pirámide mirando al Cabildo y de costado a la Catedral.

Cuando el Centenario se avivó el fuego de traslación estética para mayor comodidad, para que luciera en medio de la hermosa plaza y no en un rincón. Esta vez tenían razón, pero tampoco esta vez se pudo. ¿0 no se quiso?

La cuestión se resolvería dos años más tarde, en 1912. Bajo la dirección del constructor Anselmo Borrel, que ideó y montó una plataforma que corría sobre rieles, y ante la mirada asombrada de centenares de espectadores, la emblemática Pirámide se movió sobre su base 63 metros en nueve jornadas.
Tan así?, habrá pensado la Pirámide. No tan así. La verdad se escondía en el cerebro del intendente Joaquín Samuel de Anchorena, un funcionario sumamente capaz y progresista a quien la ciudad le debe muchas de las grandes transformaciones que tuvo: ensanches de avenidas y apertura de otras como ser las diagonales, el subterráneo, la instalación de las ferias francas, etc.

Pero, él también cojeaba por el lado de la grandilocuencia arquitectónica y pretendía hacerla realidad a costa de la humilde Pirámide. La idea que bullía en su mente era la de construir en el centro de la Plaza un soberbio Monumento a la Revolución de 1810, en cuyo interior se conservaría la pirámide, respetada por todos, sin motivos para que alguien protestara, pero oculta.

Resultó un proyecto frustrado aunque con buen resultado irónicamente. La Pirámide pasó por sueños incumplidos, a presidir la Plaza como era su sueño.

Pero, otro pero en la historia, el "Altar de la Patria" ya más tranquilo, confesó de pronto su secreto: ¡era hueca!. Para nosotros que ya sabemos la historia no es tan así, ya conocemos de sobra el trabajo del alarife Cañete y el tema de la vara de madera dura para hacer consistente la construcción con menos ladrillos. Pero para los argentinos de 1912 la equidad era algo ignoto. Es más, la comprobación dió lugar a que se reflotara la opinión de Angel J. Carranza, que en 1883 había intrigado a más de uno: que la Pirámide escondía en su interior un tesoro y medallas. No había nada, porque el tesoro estaba en ella misma. ¡Era hueca!. Pero sería ésta la Pirámide que construyera Cañete, o era la posterior de Pueyrredón edificada sin vestigios de la primera?.

Se efectuaron sondeos meticulosos, a lo que la Pirámide no tuvo más remedio que acceder, resignada como estaba a ser puesta en duda, a ser criticada, condenada a la picota. Una mancha más no le haría...ya nada... El dictamen de los peritos fue terminante: la Pirámide de Pueyrredón sólo cubría la legítima que fuera erigida en 1811. Para confirmarlo, allí estaba la famosa vara de madera dura apuntalándola.

Por un momento volvieron las zozobras. La vieja y sufrida Pirámide no podía encontrar reposo con los compatriotas que se habia echado. Alguien propuso que se volviera el obelisco a su imagen inicial, para lo cual era necesario... quitar la estatua que la coronaba.

Nuevo respiro, la idea quedó en agua de borraja pero tuvo como consecuencia feliz que se quitaran las cuatro estatuas del Banco de la Provincia y se las suplantara por un foso de suave declive cubierto de inocente césped.

Pero, como lo puntualiza Scenna, el peligro de demolición continuó existiendo, ya que la Ley de noviembre de 1885, recién fue derogada en 1922. Hubo algo más, emocionante para la Pirámide y para quienes la querían más allá de apariencias y obras maestras.

El 21 de mayo de 1942 cuando por Ley 140.412, fue declarada Monumento Histórico Nacional, el "Altar de la Patria" se reconcilió con los argentinos. A partir de allí, ella y la Nación estarán seguros que su presencia sencilla y entrañable jamás dejará de presidir los grandes acontecimientos y de recibir la oración que por la libertad dicen los pueblos del mundo todo.

Ya nadie la podrá tocar.

Desearía, si ustedes me permiten, terminar esta relación repitiendo el más bello elogio que la Pirámide de Mayo recibiera. Las escribió Florencio Escardó, un mendocino ilustre que entre muchísimas cosas de importancia, escribió en 1945 una encantadora obra, "Geografia de Buenos Aires", de la que forma parte esta alabanza sin parangón:

"Buenos Aires tiene un monumento fundamental, único, epónimo: la Pirámide de Mayo. Sitio y símbolo umbilical de la libertad; respira la austeridad y la sencillez de las cosas profundas y definitivas; para quien la mira desde la calle es una norma, un fermento y un punto de partida; para quien la contempla desde los balcones de la Casa de Gobierno, un índice o un reproche. La Pirámide de Mayo no se puede describir ni tiene por qué entenderla el turista; se la ama, se la siente. Tampoco vamos a visitarla casi nunca, pero nos es imprescindible saber que está allí. Ella es la verdadera Capital de la Nación"'.

De tener alma, como estoy seguro sucede, la Pirámide habrá sonreído al escuchar el elogio por justo nunca tardío.

Su historia nos enseña, finalmente, que los símbolos de la Libertad son eternos, imbatibles.

 


Carlos Horacio Bruzera
Nota Escrita Especialmente para el PRIMER PORTAL ARGENTINO DE TURISMO MUNDIAL.
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