por Carlos Horacio Bruzera        

Nada más ni nada menos que 28 años tuvo que esperar el Ayuntamiento de Buenos Aires para tener su propio edificio. Al fundarse la Ciudad en 1580, los ediles tuvieron que echar a suerte para ver en cual de sus casas realizaban sus acuerdos. De esto se desprende que el Cabildo era bien pobre y que sus arbitrios constituían más una intención que un recaudo. Las cosas mejoraron cuando al asumir como Gobernador Hernando Arias de Saavedra, Hernandarias, éste resolvió darles una mano a los ediles y destinó para Sala Capitular una dependencia del Fuerte. Allí continuó por algunos años sesionando el Ayuntamiento.

El 30 de junio de 1608, Hernandarias informa que ha puesto en obra el Cabildo y la Cárcel de Buenos Aires, ordenando al mismo tiempo la instalación de un horno para la fabricación de tejas.

La construcción del Cabildo, en el predio destinado por Juan de Garay para ese fin y que es el de su actual emplazamiento, estuvo a cargo del alarife Juan Méndez y del albañil Domingo Herrera.


Las pretensiones del edificio eran bien modestas: una amplia sala capitular, cuartos para los ediles y algunos pocos calabozos destinados a albergar a los pocos malhechores que se suponía merodeaban por calles y quintas. Pero les falló el cálculo, porque bien pronto los aguaciles tuviero que utilizar la Sala Capitular como Cárcel Pública. Esto determinó que el Cuerpo Municipal tuviera que retornar al Fuerte. Mientras, en 1614, era nombrado alarife oficial del Cabildo, Bacho de Filicaya, un marino con conocimientos en albañilería llegado a Buenos Aires en 1611 como maestro del pasaje "Nuestra Señora de los Ángeles".

En 1632 el Cabildo comenzó a derrumbarse por lo que en 1635, se compraron materiales para una nueva edificación. Entre los adquiridos estuvieron 5.000 cañas bravas para la armazón de los techos y 12 umbrales de palo blanco y laurel.

Tampoco iba a ser esta construcción nada del otro mundo, pecando inclusive por su pequeñez. Sin embargo, y pese a sus limitaciones, las tareas demandaron mucho tiempo, atendibles por la permanente falta de medios económicos. Para 1641 trabajaba en la reconstrucción Pedro Fernández Castellano.

Por noticias llegadas hasta nuestros días, se sabe que el edificio parece haber contado con soportales y dos torres ubicadas en los extremos de la construcción. En 1719, el Arquitecto jesuita Juan Bautista Primoli se ocupa de los arreglos en el Cabildo. Debían ser estas tareas muy simples ya que en 1722, el Ayuntamiento le pidió al Ingeniero vizcaíno Domingo Petrarca, llegado a Buenos Aires en 1716 acompañando a Bruno Mauricio de Zabala, los planos de un nuevo edificio. Petrarca presentó un proyecto muy ambicioso y muy caro, 70.000 pesos, que además de dejar sin aliento a los ediles, dejó sin casa nueva a

la Corporación. De tal manera que Primoli continuó emparchando lo mejor que pudo, dejando en evidencia que era mejor derribar todo y construir de nuevo, y así se hizo. En 1725, sobre un proyecto más modesto que el de Petrarca, el Arquitecto Andrés Blanqui con ayuda de Premoli, se hizo cargo de la construcción. Derribado el antiguo Cabildo, el 23 de junio comenzaron a levantarse los cimientos del nuevo edificio.

Vale dar algunas noticias sobre los constructores. Estos habían llegado procedentes de Cádiz el 9 de julio de 1717, junto a otros 60 jesuitas. Premoli y Blanqui se destacaron de inmediato como dos eficientes arquitectos a los cuales les debe Buenos Aires varias construcciones de interés.

Obras de tal envergadura que el historiador jesuita Dalmacio H. Sobrón,a quien regresaremos más adelante, afirma que con la llegada de Blanqui dio comienzo la historia arquitectónica de Buenos Aires, levantando las primeras cúpulas y campanarios de la ciudad. Blanqui produjo las Iglesias de la Merced, Santa Catalina, el Pilar, los planos de San Francisco y San Telmo y la fachada con torres de la Catedral. Premoli edificó San Ignacio y el Colegio Máximo de Córdoba.

Blanqui era nacido en el Cantón suizo de Ticino con el nombre de Giovanni Andrés Bianchi. En Roma había frecuentado a arquitectos como Carlos Fontana y Abraham París, antes de ingresar a la Compañía de Jesús y viajar al Río de la Plata como misionero.n 1618 es designado -en reemplazo de Hernandarias, Don Diego de Góngora, el Primer Gobernador Independiente del Paraguay, y con esa libertad, da comienzo una época de progreso para la Catedral.

Las obras del Cabildo continuaron sin inconvenientes hasta 1728, en que Blanqui es trasladado a Córdoba y la construcción se detiene. Pero mientras tanto, allí está el Cabildo de Buenos Aires con sus dos plantas y sus once arcadas. Interiormente el edificio se distribuía de este modo: en el piso bajo se ubicaban el archivo, oficinas administrativas y la Capilla. En el piso alto se hallaban la Sala Capitular y oficinas para los alcaldes y regidores. La Sala Capitular llegó a estar amueblada a todo lujo, siendo de lejos la estancia más importante de la Casa.

Siempre se ha visto en el Cabildo un edificio de estilo colonial o hispanoamericano, llegando algunos historiadores a verlo como inspirado en las Casas Consistoriales de España.

Dalmacio H. Sobrón, en un erudito artículo titulado "La Arquitectura del Cabildo de Buenos Aires", aparecido en el Diario "La Nación" en 1981, señala que "en su aparente simplicidad, encierra sin embargo una pensada reelaboración, y una integración de elementos (...) La arquitectura de Bianchi, marcadamente lombarda, transformada en el Pilar y en el Cabildo por la inclusión inédita de elementos españolizantes ha sido juzgada siempre, por la falta de datos, como una arquitectura menor, entre espontánea y folklórica, con relámpagos de clasicismo que algunos erróneamente llegaron a creer neo-clasicismo (...) Resultó una arquitectura de cierto empaque culto y al mismo tiempo de digna pobreza".

Sobrón termina ubicando la arquitectura del Cabildo "junto a la barroca del área rural lombarda" haciendo con poquísimos medios una obra culta y agradable. El historiador jesuita termina señalando que nuestro ayuntamiento está inspirado en el "Palazzo dei Giureconsulti" de Vía Mercanti de la Ciudad de Milán, el que era sobradamente conocido por Blanqui. Recalca: "tipo arquitectónico y no modelo".

De todas maneras como agrega el autor, "de seguro, esa humilde arquitectura patriarcal en la Plaza de Mayo es muestra de armonía en la diversidad, lo que esperó Buenos Aires, sin duda".

Como decíamos, en 1728, la edificación se detiene ante la partida de Blanqui y así se mantienen las cosas hasta 1731 en que la construcción es confiada a los Maestros albañiles Miguel Acosta y Julián Preciado.

Claro que nada era regalado para el Cabildo. Sabemos ya que la Cárcel de Buenos Aires ocupaba algunos cuartos de la planta baja del Ayuntamiento, en verdad muy pocos, lo que hacía que los presos se hacinaran en ellos provocando frecuentes riñas,algunas con fugas como sucedió en 1726 y que le costó la vida al portero Felipe Fernández, apuñalado por el preso Bernardo Guerra. Las evasiones fueron también muchas, como la de Bernardo Gutiérrez, tocayo del criminal, "reo de la mayor criminalidad y confeso autor de calificados robos que se experimentaron en esta ciudad".

En 1759 fueron varios los reclusos que lograron escapar "horadando los calabozos". Ricardo Luis Molinari nos cuenta que en 1775 las cosas mejoraron al colocarse en los cinco calabozos puertas forradas con planchas de hierro.

El mismo Molinari comenta que sin embargo el mayor problema lo trajo el pozo negro, "que periódicamente se llenaba, y su inmundo contenido se desparramaba por el patio y el piso de los calabozos, llegando inclusive hasta la plaza". Aún en 1784 las Actas del Cabildo expresaban que por tales motivos "no se puede tolerar la fetidez en la cárcel (...) en la propia Sala de Acuerdo cuando se abren las ventanas el olor era muy grande". Además, los presos cocinaban donde podían y se proveían de lo que conseguían, conservándolo de la forma que mejor entendían. Así, en 1790, se descubrió que los presos "criaban dentro de las celdas cerdos y carneros".

En 1739 Blanqui hace una breve visita a Buenos Aires, seguramente habrá visto con agrado cómo el Cabildo estaba casi construido según su proyecto. Un año después, la obra fue entregada por Acosta y Preciado.

Claro que no todo estaba terminado, faltaban la torre y la capilla y varias dependencias interiores.

En 1748, el Ayuntamiento cree contar con los fondos necesarios y dispone continuar las obras siempre de acuerdo al proyecto de Blanqui. Los trabajos le son confiados a Diego Cardoso, quien en 1770 creará el Paseo de la Alameda. Como Maestro carpintero intervino Manuel Cueto, que labrara entre otras, la puerta principal de la Sala Capitular. Como herrero, se desempeñó el inglés Carlos Wright, rebautizado Vrit, quien produce seis hermosas rejas para igual número de ventanas. Eso sí, nada que hacer con la torre y la capilla ya que "por lo presente no se puede proseguir por falta de caudal". Esta falta de fondos llegaba a tal extremo birlando los cálculos de la tesorería, que al pobre Cardoso se le llegó a pagar parte de su sueldo con una arroba de chocolate, asegurando de paso que se quedaba "corto en el beneficio o correspondencia que debía hacer

a dicho Señor". Esta precariedad de medios podía decirse que era una constante. En 1723 el Cabildo llegó a suspender las fiestas del Patrono San Martín de Tours por no "tener con qué costear los gastos de toros y lo más que en tales funciones se suelen ejecutar". Claro que la población se quejó de tal manera, que el Cabildo terminó pidiendo dinero prestado para efectuar los festejos.

Algunos historiadores aseguran que la Torre del Cabildo recién fue terminada en agosto de 1765, pero si nos atenemos a lo escrito por el jesuita, acostumbraban a llegarse hasta Buenos Aires, Florian Paucke en 1749 sobre "que la torre del Cabildo era alta y estaba cubierta de latón blanco", se puede inferir que pese a los desmayos económicos del ayuntamiento y del constructor Preciado avanzó lo suficiente en la edificación de la torre como para ser vista como tal por los ocasionales visitantes.

Lo cierto es que la obra siguió adelante.Así se colocaron los vidrios y postigos a las ventanas, se sustituyó la baranda de madera del balcón en muy mal estado por una de hierro. Ya lucía pues la balconada con sus cartelas, el frente encalado y flamante, los techos entejados y su torre sin tejas por no haber alcanzado para ella pero airosa.

Pese a todo, las cosas no estaban en orden. Por ejemplo, los alcaldes no disponían hasta ese momento de una sala donde impartir justicia. Se tuvo que esperar hasta 1758 para que se les destinara el cuarto "donde vive ahora el carcelero", abriéndose entonces una puerta que daba a la Plaza Mayor. Todo el mobiliario se reducía a dos mesas y dos sillas.

Posteriormente, como dice Ricardo Luis Molinari, "se decidió instalar frente a dichas mesas una barandilla para separar a los jueces de los delincuentes y prevenirlos de sus insultos. La habitación también fue usada como capilla para los condenados a muerte".

Algunos años más tarde, el 20 de octubre de 1763, se encargó a Juan Sánchez de la Vega la adquisición de un reloj y una campana para la torre. En las compras se invirtieron 2.725 pesos en los que se incluían los gastos de instalación, la que demandó 16 días de trabajo. El reloj, adquirido en Cádiz al precio de "200 cueros", fue montado por el relojero francés Luis Cachemaille.

Estas nuevas adquisiciones trajeron sus problemas. El reloj, por sus averías más o menos periódicas, y la campana, por el ruido. Por intermedio de ella se convocaba a los regidores a las sesiones; así que el día anterior a la convocatoria, a las 7,30, se tocaban 24 campanadas y en el día de la reunión a la misma hora y hasta las 8, se tocaba casi ininterrumpidamente hasta el momento de dar comienzo al acuerdo que siempre se fijaba para esa hora. Algo tremendo para una ciudad sólo molestada por los gritos de los vendedores ambulantes, el galope de los caballos y los toques mesurados de las iglesias. Los porteros no tuvieron más remedio que acostumbrarse a este estruendoso sistema hasta que en 1770, el Gobernador Francisco de Paula Bucarelli, seguramente aturdido por los albadonazos, prohibió el uso de las campanas,para convocar a reunión. El pueblo suspiró aliviado. Por esos años de 1767, el Cabildo se amplió hacia los fondos que daban al oeste, con la anexión de un terreno bastante amplio, en donde se construyó la Cárcel para Hombres, precedido por un patio, sería el tercero, tétrico sitio que oficiaría de lugar de ejecuciones. Así el Cabildo pasaba a poseer dos presidios para ambos sexos medianamente separados.

Para nuestra suerte han quedado testimonios sobre cómo era el Cabildo por esos años. Alrededor de 1770 estuvo en Buenos Aires el viajero y cronista indiano Concolorcorvo, nacido en la ciudad de Cuzco. A lomo de mula, el escritor viajó desde el Plata hasta Lima, dejando sus impresiones en su famoso libro "El Lazarillo de Ciegos Caminantes".Así nos comenta: "La plaza es imperfecta y

sólo la acera del Cabildo tiene portales. En ella está la cárcel y oficinas de escribanos y el aguacil mayor vive en los altos. Este cabildo tiene el privilegio de que cuando va al fuerte a sacar al gobernador para las fiestas de tabla, se le hacen los honores de teniente general, dentro del fuerte, a donde está la guardia del qobernador".

Para esa época y según el mismo Concolorcorvo, la ciudad tenía 22.000 habitantes.

En 1783, para no desentonar con las constantes reconstrucciones del Fuerte y la Catedral, el Cabildo asume la propia. De tal manera que se agregaron cinco calabozos y se finalizó la construcción de la Capilla en la planta baja. Ésta fue dotada de ricos ornamentos y objetos sagrados, los que habían pertenecido a la Compañía de Jesús, expulsada de América.

Para entonces, en las fiestas populares la galería era profusamente iluminada con candiles de grasa y faroles de aceite y el balcón corrido, lucía adornado con paños de hermosa factura.

Para no ser menos que los demás edificios públicos de Buenos Aires, en 1794 el Cabildo estaba nuevamente en obras de restauración, esta vez confiadas al alarife José Antonio Romero.

Después, los acontecimientos se encargarían de elevar al Cabildo a la consideración del pueblo y de la historia.

El primero de estos sucesos ocurrió en 1806 cuando la Primera Invasión Inglesa. Aquel glorioso 12 de agosto, las tropas invasoras al mando de Williams Carr Beresford entregaron sus armas al pie de la galería del albo edificio. Desde el balcón, Liniers y Beresford presidieron la severa ceremonia. Es posible que ambos jefes se detuvieran brevemente en la lujosa Sala Capitular.

En la Segunda Invasión, el Cabildo se constituyó en el centro de la defensa bajo el mando de Martín de Álzaga.

Pero el gran protagonismo del Cabildo sucedió duranta la Semana de Mayo de 1810. En esos días, el Cabildo, institucionalmente contrario a la Revolución, fue el escenario de la gesta que desembocó en la libertad de los pueblos del Río de la Plata. Estas son jornadas tan recordadas y homenajeadas,que nos eximen de mayores comentarios, convencidos, además, de que la intención de esta crónica es la de rescatar la memoria del edificio y de aquellos momentos que en el tráfago de sucesos han quedado traspapelados.

Uno de estos datos curiosos es el resumen de gastos en que incurrió el Cabildo entre el 21 y el 27 de mayo de 1810:

"Por el flete de doce carretillas que condujeron a las Casas Capitulares los escaños de las Iglesias de la Catedral, Santo Domingo, San Francisco y la Merced; y otro igual número de viajes para volverlos a llevar a sus respectivos destinos, concluido que fue el Congreso General del día 22, a cuyo efecto fueron pedidos, cuyos veinticuatro viajes al respecto de cuatro reales cada uno importan... 12

"Por un peso de velas, gastados en los faroles con que la citada noche del 22 iluminaron los corredores y demás habitaciones de las Casas Capitulares... 1

"Por dos reales de hilos que se compraron para atar los citados faroles... 2

"Por diez botellas de vino generoso, a peso fuerte cada una; seis ídem de Málaga, a cuatro reales, dos pesos de chocolate y trece libras de bizcochos, a cuatro reales cada una, que se consumieron en los días y noches del 21 al 22 inclusive, como único refrigerio que en circunstancias tan apuradas pudo proporcionarse al crecido vecindario que concurrió a las Casas Consistoriales principalmente en el día 22, cuyo congreso duró desde las nueve de la mañana hasta las doce de la noche del mismo día... 21,6.

Pero claro, hombre prolijo don Bernabé, desconfió un poco tarde de la orden tan urgente en tan intempestiva hora. Para qué tanto apuro por algo que sólo al otro día se podía atender?. Y el Presidente se comunicó con San Benito de Palermo y de inmediato, por aquello de pueblo chico infierno grande, el pícaro Villegas fue a parar a la cárcel del Cabildo y de acuerdo a las normas, fusilado sin más en el tenebroso tercer patio, en diciembre de 1851.

A fin de completar el cuadro, les diré que don Bernabé de Escalada era hermano de Remedios, esposa del General San Martín, y de Manuel y Mariano, soldados del Libertador. Bernabé, de carácter afable, era un rico comerciante que sobresalía por su filantropía. Por supuesto no fue ésta la que ayudó aquella noche tormentosa al desdichado Villegas.

Pero en verdad, nunca el tercer patio tuvo tantos fusilamientos como durante las jornadas del 4 al 5 de febrero de 1852.

Al recibirse en Buenos Aires la noticia del triunfo del General Urquiza en los campos de Caseros, la ciudad quedó acéfala, en poder de hordas de delincuentes formadas por escapados de la cárcel y malhechores en libertad. Estos verdaderos malones recorrieron las calles saqueando los negocios y cuanta casa supusieron con riquezas. Para repelerlos, los vecinos organizaron piquetes armados que fueron tras los criminales.

Quinientas fueron las ejecuciones durante esas jornadas la mayoría, efectuadas en el tétrico tercer patio del Cabildo.

Benito Hortelano, periodista castellano afincado en Buenos Aires, relata en sus "Memorias" que, "Como a las dos de la tarde un batallón del ejército vino a situarse, delante del Cabildo, para dar auxilio a la población. De él salieron varias patrullas quedando una fuerza para custodia de la cárcel y de la Comisión Militar que se estableció por orden de Urquiza. "Esta Comisión juzgaba en el acto a los que traían presos los ciudadanos e, identificada la persona, era en el acto pasada por las armas en el patio de la cárcel, durando esta operación dieciseis horas".

Sabido es en otro orden de cosas, por suerte, que los hombres necesitamos viviendo en sociedad, saber la hora que transitamos. Por los años de nuestra historia no existía una hora oficial exacta difundida con pitazos más o menos estridentes, por artificio eléctrico alguno. De tal manera que se adoptaba la que dictaba determinado cuadrante de autoridad.

Es nada más que tradición lo que contaré,imposible de justificar por documentación alguna, pero como sucede que lo que mucho se repite al fin se cree, hasta suena a verdadero y acontecido. Se dice que la hora oficial en tiempos de Rosas la daba el poco confiable reloj del Cabildo y así nos lo cuenta Xavier Marmier, un viajero francés que nos visitara en 1850 que no peca por ver con muy buenos ojos la arquitectura de aquellos tiempos pristinos.

"En la torre del Cabildo, hay un reloj mal atendido cuya aguja caprichosa, se había acostumbrado a correr o a detenerse sobre el cuadrante, con absoluta libertad. Rosas, considerando una afrenta que los relojeros de la ciudad corrigieran diariamente al miserable reloj del Cabildo, los hizo convocar a todos en la Jefatura de Policía donde se les ordenó que, en adelante, dejaran a un lado sus cronómetros y sus observaciones astronómicas para observar el reloj del Cabildo y arreglaran conforme a este reloj la marcha de los suyos.

"Desde entonces, cualesquiera sean los extravíos en que incurre el reloj del Cabildo, debe considerarse que da la hora legal. Más poderoso que el valiente Josué y que el piadoso Ezequías, el autócrata de la Confederación Argentina no necesita de un milagro de Dios para intervenir el curso de los astros. Él mismo se encargará de fijar la salida del sol y el crepúsculo vespertino".

Este reloj permaneció en la torre hasta 1856 en que fue transferido a la Iglesia de Balvanera de donde, en 1883, partió sin dejar el menor rastro. En 1856 fue suplantado, previa modificación de la torre a efectos de darle mejor cabida, por otro adquirido en Londres a "Tawaites y Reed", según lo cuenta la historiadora Margarita Borsano.

Pero, ¿cómo lucía el Cabildo por esos años de 1850 para un visitante extranjero?. Algunos lo ven humilde como en verdad era, sobresaliendo por su encalado, por sus luminarias encendidas en su arcada y su torre. Pero otros, como nuestro recordado Marmier, orondamente mal, muy mal.

"Todo extranjero habrá oído hablar con ingenua admiración de la Plaza de la Victoria y de los monumentos que la rodean. La recova es una larga serie de arcos blanqueados con cal, que tiene algo de morisco; el Cabildo, otra hilera de porches coronada por una torre y una campanita. Los vecinos lo comparan con los antiguos ayuntamientos de Paris y Bruselas (...)

"El Cabildo, es policía y cárcel de la ciudad. La escena cambia súbitamente. Estábamos en Europa; ahora estamos en la América primitiva, en la región de las Pampas. Bajo los porches ae amontonan los soldados, que en nada se parecen a los europeos; los hay negros y blancos con uniforme y sin él, tal cual lleva un poncho indio y otro el talle oprimido por una chaqueta inglesa. Hay quienes cubren la cabeza con un pañuelo, otros con un gorro de manga o con un sombrero redondo. Para esto hay completa libertad".

Lo que es mirar sin cariño.

A diferencia de sus vecinos ilustres, mal que le pese a Marmier, la Catedral y el Fuerte, el Cabildo no había sufrido demoliciones y reconstrucciones, así que se mantenía con más o menos donaire desde los tiempos que naciera de los proyectos de Primoli y Blanqui, con alguna que otra modificación sin mayores importancias hasta 1879. Algo así como medio siglo de aparente paz. Pero de pronto, como si se quisiera recuperar el tiempo perdido, la picota se hizo presente hendiendo el aire peligrosamente. Dedicada como estaba la ciudad en modernizar su imagen, no podía quedar el Cabildo tan campante como si nada, exhibiendo su arquitectura de querida evocación colonial.

Por aquel entonces nadie se había preocupado en verla con semejanzas lombardas como la vería Dalmacio H. Sobrón cien años más tarde, valorizando su presencia a la vera del magno espacio. De haber sido encontrado con parecido con el "Palazzo" de la Vía Mercanti de Milán, hasta es posible imaginarse otro desenlace.

La intención de los que posaron sus ojos en él sin mirarlo mayormente, era el de transformarlo con refaccciones y modificaciones, en la sede de los Tribunales de Justicia. En cierta manera sin saberlo, volviendo a montar en su torre el "Jus" que aquel rayo instituivo, derribara a principios del siglo.

De tal manera que, conducida por el Ingeniero Militar argentino Pedro Benoit, nacido en 1836, la picota cayó sobre la torre y la fachada del ex-Ayuntamiento, Benoit, que a poco proyectara la Ciudad de La Plata nacida en 1882, trató sencillamente de europeizar el Cabildo, sin darse cuenta de que ya lo estaba.

Así la torre, su rasgo más evidente, fue el primer pavo de la boda. Se le agregó un cuerpo, se le modificó e1 coronamiento y se arrasó con sus molestos aires coloniales. No contento con esto, se reemplazó el balcón corrido con cartelas, por uno de mampostería, cargando su fachada con pilastras, capiteles y cornisas que modificaron su rostro hasta lo irreconocible. Se llegó al punto de desalojar del edificio su bonito techado de tejas, que a partir de entonces pareció sumergirse de puro pudoroso, entre las paredes sin identidad que lo sostenían.

Quedó el pobre Cabildo desequilibrado, en su cuerpo, claro! protestando una fisonomía prestada. No lo beneficiaron para nada los cambios... Pero se avecinaban días peores.

El problema le llegó de rebote en 1889, cuando la apertura de la soñada Avenida de Mayo, momento en que se ingresó al concierto de las grandes urbes del mundo, a los ojos ávidos de cambios de los porteños de entonces. Allí repararon en él, para darse cuenta que molestaba. Había pues que tomar de nuevo con mano firme la picota y demolerlo. ¿Acaso se podía hacer algo con ese esperpento?.

Alguna voz debió elevarse en su defensa, ofreciendo el sacrificio de una amputación. Se podía dar cabida a la gran avenida quitando del medio tres arcadas. ¡Sí, esas molestas tres arcadas de su ala norte!.

Así fue convenido, y el Arquitecto piamontés Juan A. Buschiazzo, nacido en 1856 y con apenas 33 años, vecino de la Lombardía inspiradora, pasó a dedicar su tiempo en estudiar la manera de cercenarle su molesta extremidad.

Buschiazzo, nombrado Secretario de Obras Públicas del Intendente Torcuato de Alvear, advirtió luego de una mirada profesional que, si se quitaban las tres arquerías,se corría el serio riesgo de que la enorme torre desequilibrante se viniera abajo arrastrando en su caída al resto de la edificación. El principal motivo de este presagiado derrumbe era que la torre estaba sujeta al resto de la construcción con respetables grampas de hierro imposibles de remover.

Se tuvo, no había más remedio, que asir la piqueta nuevamente y echar abajo la torre de Benoit.. Y así quedó el pobre, desfigurado por largos años. Imagínense ustedes: sin torre y con un ala más larga que la otra!. Benoit vió entonces con desconsuelo cómo sus desvelos se derrumbaban como un mero castillo de naipes. El proyectista de la Ciudad de La Plata, un bello trabajo el suyo, sin duda, moriría algunos años más tarde, en 1897. Pero que hay destinos, hay destinos!.

Todo partió de una antigua idea que había propuesto el Arquitecto francés Bouvard en 1907: abrir dos diagonales a partir de la Plaza de Mayo. El Intendente Manuel J. Güiraldes lo estudió y dió su aprobación, pasándolo al Congreso que lo convirtió en Ley. La Primera Guerra Mundial cajoneó el proyecto y la cosa no pasó del bautizo de las futuras arterias: Diagonal Norte Roque Sáenz Peña y Diagonal Sur Julio Argentino Roca. Es más, se abrió la primera cuadra de la llamada Roque Sáenz Peña.

Mientras la historia de ésta seguía su camino, la idea de abrir la segunda fue reflotada en 1931.

Allí el Cabildo dejó de respirar, si me permiten la metáfora, porque sabía que se avecinaba una nueva amputación para nada de buenos vecinos. Sería sin anestesia.

Sabemos qué sucedió: las tres últimas arcadas, las que habían cobijado la Cárcel de Mujeres y olvidadas escribanías, fueron demolidas sin miramiento salvo alguno que otro ladrillo coleccionado por quienes sabían de qué se trataba sin preguntar.

Fue casi, casi el final. Si se mira con los ojos de aquellos días, no había cabida para otra idea: sin torre, sin estilo, y con seis pórticos menos, sólo era un fantasma. Es más, comenzaron a nacer sobre los hombres que tenían el poder de decisión, las gotas horadantes que pregonaban su demolición total.

Si uno se pone a pensar, llegaría a la conclusión de que la Pirámide de Mayo tuvo más defensores cuando también corrió el peligro de que la echaran abajo.

Pero hubo una voz, la del Diputado Nacional Carlos Alberto Pueyrredón, que se alzó en defensa de los despojos históricos y queridos. En la sesión del 14 de septiembre de 1932, presentó un Proyecto declarando al Cabildo de Buenos Aires Monumento Histórico Nacional.

Muchas veces sólo hace falta una avispa en el noble caballo...

La idea fue rápidamente aprobada y convertida en Ley. Los restos del Cabildo por lo menos, estaban a salvo.

Seguramente que en alguna pared recoleta del viejo Cabildo, debiera existir una placa que recordara al visitante que esa reliquia está en pie por obra y gracias de un Diputado Nacional que conocía la historia de su Patria.

Eso sí, se tuvo que esperar ocho años para recuperar su hermosa imagen y su mudada campana, prestada a la vecina Iglesia de San Ignacio.

Se encargó de regresarla en el tiempo, el Arquitecto Mario Buschiazzo, hijo de quien se viera en la necesidad de quitarle la agarrada y fea torre de 1889.

Basándose en fuentes documentales, pinturas, notas y daguerrotipos, logró retornarla a los días retenidos por las acuarelas de Leonie Matthis y Carlos Enrique Pellegrini.

Todo quedó como entonces, eso sí, del original, sólo se pudo conservar la Sala Capitular.

¡A Dios gracias!.

En ella había nacido la Patria un día, lluvioso o no, del mes de mayo de 1810!.



Carlos Horacio Bruzera
Nota Escrita Especialmente para el PRIMER PORTAL ARGENTINO DE TURISMO MUNDIAL.
Derechos Reservados. Prohibida su Reproducción Total o Parcial