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| por Carlos Horacio Bruzera |
Nada
más ni nada menos que 28 años tuvo que esperar el Ayuntamiento de Buenos Aires
para tener su propio edificio. Al fundarse la Ciudad en 1580, los
ediles tuvieron que echar a suerte para ver en cual de sus casas realizaban
sus acuerdos. De esto se desprende que el Cabildo era bien pobre y
que sus arbitrios constituían más una intención que un recaudo. Las cosas
mejoraron cuando al asumir como Gobernador Hernando Arias de Saavedra,
Hernandarias, éste resolvió darles una mano a los ediles y destinó para
Sala Capitular una dependencia del Fuerte. Allí continuó por algunos
años sesionando el Ayuntamiento.
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Las pretensiones del edificio eran bien modestas: una amplia sala
capitular, cuartos para los ediles y algunos pocos calabozos destinados a
albergar a los pocos malhechores que se suponía merodeaban por calles y quintas.
Pero les falló el cálculo, porque bien pronto los aguaciles tuviero que utilizar
la Sala Capitular como Cárcel Pública. Esto determinó que el
Cuerpo Municipal tuviera que retornar al Fuerte. Mientras, en
1614, era nombrado alarife oficial del Cabildo, Bacho de Filicaya,
un marino con conocimientos en albañilería llegado a Buenos Aires en 1611
como maestro del pasaje "Nuestra Señora de los Ángeles".
En
1632 el Cabildo comenzó a derrumbarse por lo que en 1635, se compraron
materiales para una nueva edificación. Entre los adquiridos estuvieron 5.000
cañas bravas para la armazón de los techos y 12 umbrales de palo blanco y
laurel.
Tampoco
iba a ser esta construcción nada del otro mundo, pecando inclusive por su
pequeñez. Sin embargo, y pese a sus limitaciones, las tareas demandaron
mucho tiempo, atendibles por la permanente falta de medios económicos.
Para 1641 trabajaba en la reconstrucción Pedro Fernández Castellano.
Vale
dar algunas noticias sobre los constructores. Estos habían llegado procedentes
de Cádiz el 9 de julio de 1717, junto a otros 60 jesuitas. Premoli y Blanqui
se destacaron de inmediato como dos eficientes arquitectos a los cuales les
debe Buenos Aires varias construcciones de interés.
Blanqui
era nacido en el Cantón suizo de Ticino con el nombre de Giovanni Andrés Bianchi.
En Roma había frecuentado a arquitectos como Carlos Fontana y Abraham París,
antes de ingresar a la Compañía de Jesús y viajar al Río de la Plata como
misionero.n 1618 es designado -en reemplazo de Hernandarias,
Don Diego de Góngora, el Primer Gobernador Independiente del Paraguay,
y con esa libertad, da comienzo una época de progreso para la Catedral.
Las
obras del Cabildo continuaron sin inconvenientes hasta 1728,
en que Blanqui es trasladado a Córdoba y la construcción se
detiene. Pero mientras tanto, allí está el Cabildo de Buenos Aires
con sus dos plantas y sus once arcadas. Interiormente el edificio se distribuía
de este modo: en el piso bajo se ubicaban el archivo, oficinas administrativas
y la Capilla. En el piso alto se hallaban la Sala Capitular
y oficinas para los alcaldes y regidores. La Sala Capitular llegó a
estar amueblada a todo lujo, siendo de lejos la estancia más importante de
la Casa.
Siempre
se ha visto en el Cabildo un edificio de estilo colonial o hispanoamericano,
llegando algunos historiadores a verlo como inspirado en las Casas Consistoriales
de España.
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Dalmacio
H. Sobrón, en un erudito artículo titulado
"La Arquitectura del Cabildo de Buenos Aires", aparecido
en el Diario "La Nación" en 1981, señala que
"en su aparente simplicidad, encierra sin embargo una pensada reelaboración,
y una integración de elementos (...) La arquitectura de Bianchi, marcadamente
lombarda, transformada en el Pilar y en el Cabildo por la inclusión inédita
de elementos españolizantes ha sido juzgada siempre, por la falta de datos,
como una arquitectura menor, entre espontánea y folklórica, con relámpagos
de clasicismo que algunos erróneamente llegaron a creer neo-clasicismo
(...) Resultó una arquitectura de cierto empaque culto y al mismo tiempo de
digna pobreza".
Sobrón
termina ubicando la arquitectura del Cabildo "junto a la
barroca del área rural lombarda" haciendo con poquísimos medios
una obra culta y agradable. El historiador jesuita termina señalando que
nuestro ayuntamiento está inspirado en el "Palazzo dei Giureconsulti"
de Vía Mercanti de la Ciudad de Milán, el que era sobradamente
conocido por Blanqui. Recalca: "tipo arquitectónico y no
modelo".
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De
todas maneras como agrega el autor, "de seguro, esa humilde arquitectura
patriarcal en la Plaza de Mayo es muestra de armonía en la diversidad, lo
que esperó Buenos Aires, sin duda".
Como
decíamos, en 1728, la edificación se detiene ante la partida de
Blanqui y así se mantienen las cosas hasta 1731 en que la construcción es
confiada a los Maestros albañiles Miguel Acosta y Julián Preciado.
Claro
que nada era regalado para el Cabildo. Sabemos ya que la Cárcel
de Buenos Aires ocupaba algunos cuartos de la planta baja del Ayuntamiento,
en verdad muy pocos, lo que hacía que los presos se hacinaran en ellos provocando
frecuentes riñas,algunas con fugas como sucedió en 1726 y que le
costó la vida al portero Felipe Fernández, apuñalado por el preso
Bernardo Guerra. Las evasiones fueron también muchas, como la de
Bernardo Gutiérrez, tocayo del criminal, "reo de la mayor
criminalidad y confeso autor de calificados robos que se experimentaron
en esta ciudad".
En
1759 fueron varios los reclusos que lograron escapar "horadando
los calabozos". Ricardo Luis Molinari nos cuenta que en
1775 las cosas mejoraron al colocarse en los cinco calabozos puertas
forradas con planchas de hierro.
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En
1739 Blanqui hace
una breve visita a Buenos Aires, seguramente habrá visto con
agrado cómo el Cabildo estaba casi construido según
su proyecto. Un año después, la obra fue entregada por
Acosta y Preciado.
Claro
que no todo estaba terminado, faltaban la torre y la capilla y varias dependencias
interiores.
En 1748, el Ayuntamiento cree contar con los fondos necesarios y dispone continuar las obras siempre de acuerdo al proyecto de Blanqui. Los trabajos le son confiados a Diego Cardoso, quien en 1770 creará el Paseo de la Alameda. Como Maestro carpintero intervino Manuel Cueto, que labrara entre otras, la puerta principal de la Sala Capitular. Como herrero, se desempeñó el inglés Carlos Wright, rebautizado Vrit, quien produce seis hermosas rejas para igual número de ventanas. Eso sí, nada que hacer con la torre y la capilla ya que "por lo presente no se puede proseguir por falta de caudal". Esta falta de fondos llegaba a tal extremo birlando los cálculos de la tesorería, que al pobre Cardoso se le llegó a pagar parte de su sueldo con una arroba de chocolate, asegurando de paso que se quedaba "corto en el beneficio o correspondencia que debía hacer
a
dicho Señor". Esta precariedad de medios podía decirse que era
una constante. En 1723 el Cabildo llegó a suspender las fiestas
del Patrono San Martín de Tours por no "tener con qué
costear los gastos de toros y lo más
Algunos
historiadores aseguran que la Torre del Cabildo recién fue terminada
en agosto de 1765, pero si nos atenemos a lo escrito por el jesuita,
acostumbraban a llegarse hasta Buenos Aires, Florian Paucke en 1749
sobre "que la torre del Cabildo era alta y estaba cubierta de latón
blanco"
Lo
cierto es que la obra siguió adelante.Así se colocaron
los vidrios y postigos a las ventanas, se sustituyó la baranda de madera
del balcón en muy mal estado por una de hierro. Ya lucía pues la balconada
con sus cartelas, el frente encalado y flamante, los techos entejados y
su torre sin tejas por no haber alcanzado para ella pero airosa.
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Pese a todo, las cosas no estaban en orden. Por ejemplo, los alcaldes no disponían hasta ese momento de una sala donde impartir justicia. Se tuvo que esperar hasta 1758 para que se les destinara el cuarto "donde vive ahora el carcelero", abriéndose entonces una puerta que daba a la Plaza Mayor. Todo el mobiliario se reducía a dos mesas y dos sillas.
Posteriormente,
como dice Ricardo Luis Molinari, "se decidió instalar frente
a dichas mesas una barandilla para separar a los jueces de los delincuentes
y prevenirlos de sus insultos. La habitación también fue usada como capilla
para los condenados a muerte"
Para nuestra suerte han quedado testimonios sobre cómo era el Cabildo por esos años. Alrededor de 1770 estuvo en Buenos Aires el viajero y cronista indiano Concolorcorvo, nacido en la ciudad de Cuzco. A lomo de mula, el escritor viajó desde el Plata hasta Lima, dejando sus impresiones en su famoso libro "El Lazarillo de Ciegos Caminantes".Así nos comenta: "La plaza es imperfecta y
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sólo
la acera del Cabildo tiene portales. En ella está la cárcel y oficinas de
escribanos y el aguacil mayor vive en los altos. Este cabildo tiene el privilegio
de que cuando va al fuerte a sacar al gobernador para las fiestas de tabla,
se le hacen los honores de teniente general, dentro del fuerte, a donde está
la guardia del qobernador".
Para
esa época y según el mismo Concolorcorvo, la ciudad tenía 22.000
habitantes.
En
1783, para no desentonar con las constantes reconstrucciones del
Fuerte y la Catedral, el Cabildo asume la propia. De tal manera que se
agregaron cinco calabozos y se finalizó la construcción de la
Capilla en la planta baja. Ésta fue dotada de ricos ornamentos
y objetos sagrados, los que habían pertenecido a la Compañía
de Jesús, expulsada de América.
Para
entonces, en las fiestas populares la galería era profusamente iluminada con
candiles de grasa y faroles de aceite y el balcón corrido, lucía adornado
con paños de hermosa factura.
Para
no ser menos que los demás edificios públicos de Buenos Aires,
en 1794 el Cabildo estaba nuevamente en obras de restauración,
esta vez confiadas al alarife José Antonio Romero.
Después,
los acontecimientos se encargarían de elevar al Cabildo a la consideración
del pueblo y de la historia.
El
primero de estos sucesos ocurrió en 1806 cuando la Primera Invasión
Inglesa. Aquel glorioso 12 de agosto, las tropas invasoras al
mando de Williams Carr Beresford entregaron sus armas al pie de la galería
del albo edificio. Desde el balcón, Liniers y Beresford presidieron la severa
ceremonia. Es posible que ambos jefes se detuvieran brevemente en la lujosa
Sala Capitular.
En
la Segunda Invasión, el Cabildo se constituyó en el centro de
la defensa bajo el mando de Martín de Álzaga.
Pero
el gran protagonismo del Cabildo sucedió duranta la Semana de Mayo de 1810.
En esos días, el Cabildo, institucionalmente contrario a la
Revolución, fue el escenario de la gesta que desembocó en la libertad
de los pueblos del Río de la Plata. Estas son jornadas tan
recordadas y homenajeadas,que nos eximen de mayores comentarios, convencidos,
además, de que la intención de esta crónica es la de rescatar la memoria del
edificio y de aquellos momentos que en el tráfago de sucesos han quedado traspapelados.
Uno de estos datos curiosos es el resumen de gastos en que incurrió el Cabildo entre el 21 y el 27 de mayo de 1810:
"Por
un peso de velas, gastados en los faroles con que la citada noche del 22 iluminaron
los corredores y demás habitaciones de las Casas Capitulares... 1
"Por
dos reales de hilos que se compraron para atar los citados faroles... 2
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"Por
diez botellas de vino generoso, a peso fuerte cada una; seis ídem de
Málaga, a cuatro reales, dos pesos de chocolate y trece libras de bizcochos,
a cuatro reales cada una, que se consumieron en los días y noches del 21 al
22 inclusive, como único refrigerio que en circunstancias tan apuradas
pudo proporcionarse al crecido vecindario que concurrió a las Casas Consistoriales
principalmente en el día 22, cuyo congreso duró desde las nueve de
la mañana hasta las doce de la noche del mismo día... 21,6.
Pero
claro, hombre prolijo don Bernabé, desconfió un poco tarde de la orden
tan urgente en tan intempestiva hora. Para qué tanto apuro por algo
que sólo al otro día se podía atender?. Y el Presidente
se comunicó con San Benito de Palermo y de inmediato, por aquello de
pueblo chico infierno grande, el pícaro Villegas fue a parar
a la cárcel del Cabildo y de acuerdo a las normas, fusilado sin más
en el tenebroso tercer patio, en diciembre de 1851.
A
fin de completar el cuadro, les diré que don Bernabé de Escalada era hermano
de Remedios, esposa del General San Martín, y de Manuel y Mariano, soldados
del Libertador. Bernabé, de carácter afable, era un rico comerciante que
sobresalía por su filantropía. Por supuesto no fue ésta la que ayudó
aquella noche tormentosa al desdichado Villegas.
Pero
en verdad, nunca el tercer patio tuvo tantos fusilamientos como durante
las jornadas del 4 al 5 de febrero de 1852.
Al
recibirse en Buenos Aires la noticia del triunfo del General Urquiza en los
campos de Caseros, la ciudad quedó acéfala, en poder de hordas de delincuentes
formadas por escapados de la cárcel y malhechores en libertad. Estos verdaderos
malones recorrieron las calles saqueando los negocios y cuanta casa supusieron
con riquezas. Para repelerlos, los vecinos organizaron piquetes armados que
fueron tras los criminales.
Quinientas
fueron las ejecuciones durante esas jornadas la mayoría, efectuadas
en el tétrico tercer patio del Cabildo.
Benito
Hortelano, periodista castellano afincado en Buenos Aires, relata
en sus "Memorias" que, "Como a las dos de la tarde
un batallón del ejército vino a situarse, delante del Cabildo, para
dar auxilio a la población. De él salieron varias patrullas quedando
una fuerza para custodia de la cárcel y de la Comisión Militar que se estableció
por orden de Urquiza. "Esta Comisión juzgaba en el acto a los
que traían presos los ciudadanos e, identificada la persona, era en el acto
pasada por las armas en el patio de la cárcel, durando esta operación
dieciseis horas".
Sabido
es en otro orden de cosas, por suerte, que los hombres necesitamos viviendo
en sociedad, saber la hora que transitamos. Por los años de nuestra historia
no existía una hora oficial exacta difundida con pitazos más
o menos estridentes, por artificio eléctrico alguno. De tal manera
que se adoptaba la que dictaba determinado cuadrante de autoridad.
Es
nada más que tradición lo que contaré,imposible de justificar por documentación
alguna, pero como sucede que lo que mucho se repite al fin se cree, hasta
suena a verdadero y acontecido. Se dice que la hora oficial en tiempos
de Rosas la daba el poco confiable reloj del Cabildo y así nos lo cuenta Xavier
Marmier, un viajero francés que nos visitara en 1850 que no peca por ver
con muy buenos ojos la arquitectura de aquellos tiempos pristinos.
"En
la torre del Cabildo, hay un reloj mal atendido cuya aguja caprichosa, se
había acostumbrado a correr o a detenerse sobre el cuadrante, con absoluta
libertad. Rosas, considerando una afrenta que los relojeros de la ciudad corrigieran
diariamente al miserable reloj del Cabildo, los hizo convocar a todos en la
Jefatura de Policía donde se les ordenó que, en adelante, dejaran a
un lado sus cronómetros y sus observaciones astronómicas para observar el
reloj del Cabildo y arreglaran conforme a este reloj la marcha de los suyos.
"Desde
entonces, cualesquiera sean los extravíos en que incurre el reloj del Cabildo,
debe considerarse que da la hora legal. Más poderoso que el valiente Josué
y que el piadoso Ezequías, el autócrata de la Confederación
Argentina no necesita de un milagro de Dios para intervenir el curso de los
astros. Él mismo se encargará de fijar la salida del sol y el crepúsculo
vespertino".
Este
reloj permaneció en la torre hasta 1856 en que fue transferido a la
Iglesia de Balvanera de donde, en 1883, partió sin dejar el
menor rastro. En 1856 fue suplantado, previa modificación de la torre
a efectos de darle mejor cabida, por otro adquirido en Londres a "Tawaites
y Reed", según lo cuenta la historiadora Margarita Borsano.
Pero, ¿cómo lucía el Cabildo por esos años de 1850 para un visitante extranjero?. Algunos lo ven humilde como en verdad era, sobresaliendo por su encalado, por sus luminarias encendidas en su arcada y su torre. Pero otros, como nuestro recordado Marmier, orondamente mal, muy mal.
"Todo extranjero habrá oído hablar con ingenua admiración de la Plaza de la Victoria y de los monumentos que la rodean. La recova es una larga serie de arcos blanqueados con cal, que tiene algo de morisco; el Cabildo, otra hilera de porches coronada por una torre y una campanita. Los vecinos lo comparan con los antiguos ayuntamientos de Paris y Bruselas (...)
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"El
Cabildo, es policía y cárcel de la ciudad. La escena cambia súbitamente.
Estábamos en Europa; ahora estamos en la América primitiva, en la región de
las Pampas. Bajo los porches ae amontonan los soldados, que en nada se parecen
a los europeos; los hay negros y blancos con uniforme
Lo
que es mirar sin cariño.
A
diferencia de sus vecinos ilustres, mal que le pese a Marmier, la
Catedral y el Fuerte, el Cabildo no había sufrido demoliciones y reconstrucciones,
así que se mantenía con más o menos donaire desde los tiempos que
naciera de los proyectos de Primoli y Blanqui, con alguna que otra modificación
sin mayores importancias hasta 1879. Algo así como medio siglo de aparente
paz. Pero de pronto, como si se quisiera recuperar el tiempo perdido, la
picota se hizo presente hendiendo el aire peligrosamente. Dedicada como
estaba la ciudad en modernizar su imagen, no podía quedar el Cabildo
tan campante como si nada, exhibiendo su arquitectura de querida evocación
colonial.
Por
aquel entonces nadie se había preocupado en verla con semejanzas lombardas
como la vería Dalmacio H. Sobrón cien años más tarde, valorizando
su presencia a la vera del magno espacio. De haber sido encontrado con parecido
con el "Palazzo" de la Vía Mercanti de Milán,
hasta es posible imaginarse otro desenlace.
La
intención de los que posaron sus ojos en él sin mirarlo mayormente, era el
de transformarlo con refaccciones y modificaciones, en la sede de los Tribunales
de Justicia. En cierta manera sin saberlo, volviendo a montar en su torre
el "Jus" que aquel rayo instituivo, derribara a principios
del siglo.
De
tal manera que, conducida por el Ingeniero Militar argentino Pedro Benoit,
nacido en 1836, la picota cayó sobre la torre y la fachada del ex-Ayuntamiento,
Benoit, que a poco proyectara la Ciudad de La Plata nacida en 1882,
trató sencillamente de europeizar el Cabildo, sin darse cuenta de que
ya lo estaba.
Así
la torre, su rasgo más evidente, fue el primer pavo de la boda. Se le agregó
un cuerpo, se le modificó e1 coronamiento y se arrasó con sus molestos aires
coloniales. No contento con esto, se reemplazó el balcón corrido con cartelas,
por uno de mampostería, cargando su fachada con pilastras, capiteles y cornisas
que modificaron su rostro hasta lo irreconocible. Se llegó al punto de
desalojar del edificio su bonito techado de tejas, que a partir de entonces
pareció sumergirse de puro pudoroso, entre las paredes sin identidad que
lo sostenían.
Quedó
el pobre Cabildo desequilibrado, en su cuerpo, claro! protestando una fisonomía
prestada. No lo beneficiaron para nada los cambios... Pero se avecinaban días
peores.
El
problema le llegó de rebote en 1889, cuando la apertura de la soñada
Avenida de Mayo, momento en que se ingresó al concierto de las grandes
urbes del mundo, a los ojos ávidos de cambios de los porteños de entonces.
Allí repararon en él, para darse cuenta que molestaba. Había pues que
tomar de nuevo con mano firme la picota y demolerlo. ¿Acaso se podía hacer
algo con ese esperpento?.
Alguna
voz debió elevarse en su defensa, ofreciendo el sacrificio de una amputación.
Se podía dar cabida a la gran avenida quitando del medio tres arcadas.
¡Sí, esas molestas tres arcadas de su ala norte!.
Así
fue convenido, y el Arquitecto piamontés Juan A. Buschiazzo, nacido
en 1856 y con apenas 33 años, vecino de la Lombardía inspiradora, pasó
a dedicar su tiempo en estudiar la manera de cercenarle su molesta extremidad.
Buschiazzo,
nombrado Secretario de Obras Públicas del Intendente Torcuato de Alvear,
advirtió luego de una mirada profesional que, si se quitaban las tres arquerías,se
corría el serio riesgo de que la enorme torre desequilibrante se
viniera abajo arrastrando en su caída al resto de la edificación. El principal
motivo de este presagiado derrumbe era que la torre estaba sujeta al resto
de la construcción con respetables grampas de hierro imposibles de remover.
Se
tuvo, no había más remedio, que asir la piqueta nuevamente y echar abajo la
torre de Benoit.. Y así quedó el pobre, desfigurado por largos
años. Imagínense ustedes: sin torre y con un ala más larga que
la otra!.
Mientras la historia de ésta seguía su camino, la idea de abrir la segunda fue reflotada en 1931.
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Allí
el Cabildo dejó de respirar, si me permiten la metáfora, porque sabía
que se avecinaba una nueva amputación para nada de buenos vecinos.
Sería sin anestesia.
Sabemos
qué sucedió: las tres últimas arcadas, las que habían cobijado
la Cárcel de Mujeres y olvidadas escribanías, fueron demolidas sin
miramiento salvo alguno que otro ladrillo coleccionado por quienes sabían
de qué se trataba sin preguntar.
Fue
casi, casi el final. Si se mira con los ojos de aquellos días,
no había cabida para otra idea: sin torre, sin estilo, y con seis pórticos
menos, sólo era un fantasma. Es más, comenzaron a nacer sobre los hombres
que tenían el poder de decisión, las gotas horadantes que pregonaban
su demolición total.
Si
uno se pone a pensar, llegaría a la conclusión de que la Pirámide de
Mayo tuvo más defensores cuando también corrió el peligro de que la echaran
abajo.
Pero
hubo una voz, la del Diputado Nacional Carlos Alberto Pueyrredón, que
se alzó en defensa de los despojos históricos y queridos. En la sesión del
14 de septiembre de 1932, presentó un Proyecto declarando al
Cabildo de Buenos Aires Monumento Histórico Nacional.
Muchas
veces sólo hace falta una avispa en el noble caballo...
La
idea fue rápidamente aprobada y convertida en Ley. Los restos del
Cabildo por lo menos, estaban a salvo.
Seguramente
que en alguna pared recoleta del viejo Cabildo, debiera existir una placa
que recordara al visitante que esa reliquia está en pie por obra y gracias
de un Diputado Nacional que conocía la historia de su Patria.
Eso
sí, se tuvo que esperar ocho años para recuperar su hermosa imagen
y su mudada campana, prestada a la vecina Iglesia de San Ignacio.
Se
encargó de regresarla en el tiempo, el Arquitecto Mario Buschiazzo,
hijo de quien se viera en la necesidad de quitarle la agarrada y fea torre
de 1889.
Basándose
en fuentes documentales, pinturas, notas y daguerrotipos, logró retornarla
a los días retenidos por las acuarelas de Leonie Matthis y Carlos Enrique
Pellegrini.
Todo
quedó como entonces, eso sí, del original, sólo se pudo conservar la
Sala Capitular.
¡A
Dios gracias!.
En
ella había nacido la Patria un día, lluvioso o no, del mes de mayo de 1810!.
Carlos
Horacio Bruzera
Nota Escrita Especialmente para
el PRIMER PORTAL ARGENTINO DE TURISMO MUNDIAL.
Derechos Reservados. Prohibida su Reproducción Total o Parcial