| Los DESCUIDOS Amarla es difícil Es buena, cuando duerme; el calor de su cuerpo es un puñal de vidrio que remonta los sueños. Cuando calla, es buena y su voz una premonición olvidada y peligrosa que arruina el silencio. Cuando grita o llora o se lamenta o se divierte o se cansa, nada puede contener este dolor alegre que envenena mis sueños y mi soledad. Por eso es difícil pensar en ella, en su cara bondadosa; abandonarse; por eso es una cobardía retenerla y dejarla ir, una pavorosa crueldad. A veces, cuando lo pienso, no sé qué hacer con ella, con este destino luminoso. MÁS O MENOS Dos lineas de fiebre, mareas y pronósticos Oigo tu paso que se acerca o se despide; revolcar la sangre, el odio; conocer, reconocernos. Saber para qué sirven los fracasos, las victorias del amor. Dejar que a tu rincón se siente quien no debe sentarse. Sin poder iluminarte; embarazada, sepultada, mejor que valga la pena, que todo salga bien. Perdón y desconfianza: tu pesado calor es una muela de reproches y agradecimientos y ternuras y miedos. Rastro luminoso y cálido, perdido para encontrarme. Rastro de la verdad que alcanzo a tocar, rescatado por mi flagrancia vacilante, hirviendo de terror. Rostro que levantamos para destrozar. De una punta a la otra de la verdad, voy a levantar tu nombre, como si fuera mi brazo derecho. Del otro lado Cuando estuvimos desesperados, alguien contó la historia. No se la puede escuchar serenamente, tiemblan las manos, el corazón se encoge de dolor; da un poco de miedo mirar a la gente, detenerse. Ocurre lo de siempre. Estábamos perdidos y la historia era confusa. Nada tenía que ver con la certeza, ni con el muslo de la bataclana. No intervinieron traiciones; no es una vulgar historia de fervores o de mantenidas. Tu mano es necesaria para sobrellevarla. También aquella vez (siempre aquella vez) apagaron las luces y fue necesaria la presencia de tu mano. Nos apretamos las manos en la sala impenetrable, temblamos ante la cólera que aún no se había manifestado, que nunca llegaría a marcarnos como sospechábamos, sino de otra manera. Nuestras manos procuraban ordenar el temblor, dominar el doloroso pánico; y todo porque Humphrey Bogart había resucitado. Estábamos perdidos en aquel cine y él no era como el redentor; su cruz no era un mandato, era la inteligencia del hombre, era la resurrección de la ciencia y de nuestros queridos finados. Hace mucho que nos pasó esto; la mano fría del cadáver impenitente rozaba los sueños, acariciaba nuestros tiernos rostros despavoridos. Desde aquella vez no sabemos qué hacer con las historias, con los muertos que no aceptan su desdichada condición, no sabemos qué hacer con el miedo; no sabemos encontrar nuestras manos, nuestra tristeza. El mundo inconsistente. Hubo muchas anécdotas como ésta ¿Quién no tiene cosas horribles que contar? ¿Quién no tiene su historia? Pero nadie supo qué decir, nadie supo qué hacer, cuando alguien contó la historia. Seguramente al escucharla buscarás una mano; será como antes, pero enseguida intentará olvidar que estuvimos tristes o asustados. Tampoco sabrás qué decir cuando se haga tarde; lo de siempre: tendrás ganas de llorar, y nada más. Nadie esperaba una historia como ésta, tan lamentable ¿Por qué no llorar entonces? ¿Por qué no perderse en la espesura de la sala? Se derramará sobre tu memoria, como el alcohol que se vuelca entre los nervios y la madrugada; la historia sobrevolará tu linda cabecita, será un cuervo que sacudirá tus entrañas corrompidas, que despeinará cariñosamente tu pelo Cada día que pasa Sin excepción, casi por naturaleza o desatino, todos los días, a la mañana, temprano, ando por este camino. Llego tarde al trabajo y con alegría, cuando es necesario llegar más temprano y con indignación o repugnancia o sed de venganza o rabia. Todo esto no me martiriza ni me apena, aunque parezca lo contrario y tenga olor a traición; sé muy bien, con toda impaciencia, que el ocio llegará algún día con la revolución. Y que ni una cosa ni la otra vienen de la tristeza o de la impotencia. Voy cansado, es cierto, harto como todo el mundo que se precie, o con desaliento; pero nunca falta alguna cosa, un olor, una risa que me devuelva, para valer la pena; recién entonces empiezo a convencerme; calles sucias y bocinas y el tráfico alucinado y dormido todavía; viejos conocidos, como el destino o la bruma de la ciudad. Y el mal semblante; la desconfianza en los ojos, en los grandes ojos de la gente hechos para volar. Manos enrarecidas que rodean la calle sitiando su respiración. Dominados del mundo; empleadas tersas y vulgares bajando de coches lujosos de los dueños de otras empleadas, y así sucesivamente. La pura verdad Si ustedes lo permiten, prefiero seguir viviendo. Después de todo y de pensarlo bien, no tengo motivos para quejarme o protestar: siempre he vivido en la gloria: nada importante me ha faltado. Es cierto que nunca quise imposibles; enamorado de las cosas de este mundo con inconsciencia y dolor y miedo y apremio. Muy de cerca he conocido la imperdonable alegría; tuve sueños espantosos y buenos amores, ligeros y culpables. Me averguenza verme cubierto de pretensiones; una gallina torpe, melancólica, débil, poco interesante, un abanico de plumas que el viento desprecia, caminito que el tiempo ha borrado. Los impulsos mordieron mi juventud y ahora, sin darme cuenta, voy iniciando una madurez equilibrada, capaz de enloquecer a cualquiera o aburrir de golpe. Mis errores han sido olvidados definitivamente; mi memoria ha muerto y se queja con otros dioses varados en el sueño y los malos sentimientos. El perecedero, el sucio, el futuro, supo acobardarme, pero lo he derrotado para siempre; sé que futuro y memoria se vengarán algun día. Pasaré desapercibido, con falsa humildad, como la Cenicienta, aunque algunos me recuerden con cariño o descubran mi zapatito y también vayan muriendo. No descarto la posibilidad de la fama y del dinero; las bajas pasiones y la inclemencia. La crueldad no me asusta y siempre viví deslumbrado por el puro alcohol, el libro bien escrito, la carne perfecta. Suelo confiar en mis fuerzas y en mi salud y en mi destino y en la buena suerte: sé que llegaré a ver la revolución, el salto temido y acariciado, golpeando a la puerta de nuestra desidia. Estoy seguro de llegar a vivir en el corazón de una palabra; compartir este calor, esta fatalidad que quieta no sirve y se corrompe. Puedo hablar y escuchar la luz y el color de la piel amada y enemiga y cercana. Tocar el sueño y la impureza, nacer con cada temblor gastado en la huida Tropiezos heridos de muerte; esperanza y dolor y cansancio y ganas. Estar hablando, sostener esta victoria, este puño; saludar, despedirme Sin jactancias puedo decir que la vida es lo mejor que conozco. |