Señoras

 

Oigo una y otra vez voces de censura contra los talleresliterarios y contra los círculos de señoras que escriben. De lostalleres podemos hablar en cualquier otro momento: lo que quiero hoyes ocuparme de lo otro, de las señoras que escriben. Dije señoras, nodije escritoras. Veamos.

Dale Spender se preguntó una vez en dónde estaban y quiénes eranlas madres de la novela. Porque hablan eruditos señores, agudosensayistas, sesudos historiadores, sólo de los padres de la novela.Entonces, ¿no tuvo madres la novela? ¿Nació como Atenea de la cabezade Zeus, armada y a los gritos? ¿O Metis en este caso sobrevivió? Y silo hizo, ¿en dónde están esas madres de la novela? La respuesta a esaspreguntas fue un libro titulado Mothers of the Novel que publicóRoutledge & Kegan Paul (Pandora Press) en Londres en 1986, y quetendríamos que leer todas muy atentamente para no equivocarnos o errarlo menos posible cuando hablamos del tema mujer y literatura.

En ese libro no sólo se estudia a cada una de las madres de lanovela (novela en lengua inglesa, claro está, pero podría la señoraSpender estar hablando de la novelística en cualquier otra lengua),sino que se muestra la manera sutil a veces, grosera otras veces, enla que una sociedad patriarcal, una universidad patriarcal,editoriales patriarcales han conseguido hacer olvidar a una multitudde mujeres. No a una mujer. No a dos o a tres. No a una docena. A unaenorme cantidad de mujeres que escribieron, que publicaron entre tresy veintisiete novelas, que ¡horror! se ganaron la vida escribiendo,que merecieron excelentes críticas de su contemporáneos, honores y elreconocimiento explícito de sus colegas masculinos, desde el sigloXVII hasta el XIX.

Mucho más modestamente y buscando datos para una amiga que enSuiza hacía su tesis de doctorado, me tomé el trabajo de contar a lasescritoras que figuran en el Diccionario biográfico de mujeresargentinas (Plus Ultra, 1986, 38 edición) de Lily Sosa de Newton yencontré doscientas cincuenta y una, sin contar a las ya conocidas.Quizá la obra de muchas de ellas fue intranscendente, quizá no valíala pena que figuraran en una historia de la literatura argentina, enuna antología, en los libros de lectura, pero confesemos: ¿cuántosseñores intrascendentes, plomizos, regulares o francamente malosfiguran en historias, antologías, libros de lectura? ¿Cuántos?Doscientas cincuenta y una escritoras argentinas de las que nada sesabe y de las que, como en el caso de las de lengua inglesa, es inútiltratar de encontrar un solo libro y eso que libros publicaron, ymuchos algunas de ellas.

Si doscientas cincuenta y una mujeres escribieron, publicaron y sehicieron conocer como escritoras, debe haber habido muchas másdedicadas a escribir, de las que no sabemos nada, pero nada de nadaporque nunca publicaron, porque destruyeron lo que habían escrito(sensatamente en algunos casos; en otros no), porque no se lespermitió creer en lo que estaban haciendo. En otras palabras, quisimos y pudimos. Todo un sistema de silenciamiento de la mitaddel mundo hizo lo otro. Resultado: para la sociedad patriarcal quedademostrado que las mujeres que escriben/escribieron pasablemente bien,bien, muy bien, son una excepción, una anormalidad; en fin, casi noson mujeres.

Y entonces hablemos de literatura femenina porque que la hay, lahay. Pero hagamos antes las distinciones necesarias.

Hay una literatura escrita por mujeres: teatro, poesía narrativay lo que venga. Esa literatura puede o no ser literatura femenina.Dicho de otro modo: no todas las mujeres escriben literatura femenina.De otro modo aun: no siempre son lo mismo los textos escritos pormujeres que los textos femeninos. Todo depende, no del sexo, no delgénero, sino de la mirada de quien escribe.

Hay una literatura femenina, escrita por mujeres o por varones.

Es literatura femenina (sin que esto signifique estereotipos niafirmaciones inamovibles) todo aquel texto que se niega explícita oimplícitamente a dejar pasar el discurso social que dictamina QUÉ esuna mujer (todas las mujeres), QUIÉN es una mujer (todas las mujeres),CÓMO es una mujer (todas las mujeres); que no sólo se niega a dejarlopasar sino que lo rechaza; que no sólo lo rechaza sino que busca, endonde puede y como puede, otro discurso no para reemplazarlo sin más ydefinitivamente, sino para probarlo a ver qué pasa. Es literaturafemenina toda aquella que para escribirse necesitó un paso hacia elcontinente negro (o mejor, hacia la playa blanca según ChristianeOlivier) para averiguar cómo se ve el mundo desde allá y no desde acá,siendo el desde allá, entendámonos, la mudez histórica, el miedo a lovelado, la soledad sin nombre, el oficio de Ariadna. el síndrome delsegundo incompleto. Es literatura femenina toda aquella que niega,rechaza y abomina del culto del héroe, o del antihéroe.

Para decirlo suavemente, no es fácil. Pero tampoco es imposible.Ni somos las únicas privilegiadas: un varón también puede hacerlo; unvarón que quiera y que se anime, que es todavía menos fácil. De hecho,algunos lo hicieron. El ejemplo clásico es Flaubert aunque a mí MadameBovarvy me parezca un libro execrable. Y un ejemplo menos clásico y másdigno de amor es Gunther Grass en El Rodaballo.

Lo que sí es fácil es aceptar, obedecer, decir sí papá y escribircomo se nos enseñó que escriben las chicas buenas y los chicos abuenos. Así es como un montonazo de escritoras (cada vez menos)sigue escribiendo del lado de acá, en algunos casos muy bien perosin aportar nada a la más fascinante labor de reelaboración,reestructuración, descubrimiento, invención y enriquecimiento que se va haciendo poco a poco en todas partes.

No, por supuestoque no, en cierto sentido la literatura no tiene sexo, claro que no.No hacen falta los acertijos para saberlo. A ver quién adivina, ¿aesta página la escribió una mujer o un varón? ¿Y a mí qué me importa?¿A quién le importa? No es por ese camino por el que vamos a llegar,si es que alguna vez llegamos, a un terreno y a un tiempo en el que notengamos que defender palabra sobre palabra lo que escribe la mitaddel mundo. Pero en cierto otro sentido sí, la literatura tiene sexo.Yo diría que lo que tiene es género. Tratar de negar el género de untexto, tratar de despojarlo de su género, es como tratar de despojarlode su ideología. No se entra a la literatura por la puerta del géneroni por la puerta de la ideología, tan cercanas una de la otra: seentra a la literatura por la puerta de la literatura, porque de otromodo lo que sale es un panfleto y no un poema, un drama, un cuento ouna novela. Pero es que hay una inscripción, un sello, un tejidoconjuntivo, un andamiaje que sostiene todo escrito, una ideologíasubyacente, un género ubicuo. La mirada de un varón dueño del mundo,aun el más miserable y el más oprimido, dueño del mundo, es muydistinta, es otra, es opuesta, a la mirada de una mujer, sujeta,sueño, sombra por reina que sea. La ideología y el autor/la autoracasi siempre coinciden (a veces no: Balzac); el género y la autora/elautor pueden no coincidir, por aquello que se decía antes, eso deque una mujer puede no cuestionar, obedecer, portarse bien, nomoverse del lugar asignado (por otras personas) cuando escribe, y unvarón en una de ésas lo hace.

De la mudez tradicional, de la mirada furtiva, del silenciohistórico se sale como se puede, cuando hay fervor por salir. Enocasiones no se puede, pero se hace el intento, ¿quién no lo ha hecho?Las heroínas de los cuentos infantiles y pará de contar. Hay mujeresque han soltado la mordaza vía la locura, la religión, el arte, lasantidad, la enfermedad, la caridad, la rendición e incluso la muerte.¿Por qué no habrían de salir algunas del silencio por la vía másdirecto, la de la palabra?

Y llegando a aquello de los grupos de señoras: ojalá todas lasmujeres escribiéramos. Las que están tocadas por la chispa del genio,las mediocres, las talentosas, las estúpidas, las que nunca jamás vana escribir algo bueno, las regularonas, las que escriben cada vezmejor, las romanticonas, las superficiales, las buenas tipas, lasmalas tipas, mis tías, la señora de la esquina, las enfermeras, lasseñoronas paquetas, las gordas, las flacas, las petisas, las altas,las maestras, las vendedoras de tienda, las villeras, las monjas, lasprostitutas, las modelos, las físicas atómicas, las políticas, lasmendigas, las deportistas, las tacheras, las princesas, las cajeras desupermercado, todas. Sería una buena forma de llegar a compartir elpoder.

Porque las mujeres, que no somos una clase ni una raza, lasmujeres que somos todas hermanas y no lo sabemos muy bien todavía,tenemos en común:

  • que somos marginales pero unas marginales de un tipo muy especial puesto que los marginales tienden a dejar de serlo y nosotras lo hemos sido siempre, nacemos siéndolo, lo somos, y quizá nos muramos siéndolo;
  • que somos mayoría en el mundo y se nos trata, vivimos y actuamos como una minoría;
  • que somos seres para otros seres, seamos reinas o vagabundas, vírgenes o rameras;
  • que somos habladas desde los otros seres; y
  • que carecemos de poder.

Que un grupo de esos seres marginales, mujeres desconocidas parasí mismas, abnegadas y falsamente minoritarias, se reúna para leersemalos poemas sentimentaloides, felicitarse y seguir escribiendopavadas, no es un peligro para nadie ni mucho menos. Las personas queno tienen poder no son peligrosos (a menos que se unan y lo adquieranpor los medios que sea, cosa que las mujeres estamos lejos deproponernos hacer) porque los que sí tienen poder las destruyen portodos o algunos de los medios a su alcance. Esos grupos no significannada, no cambian nada, no degeneran nada, no confunden nada. Son nadamás que eso: mujeres que están solas aunque tengan miles de amigos ygrandes familias; mujeres; desocupadas porque fueron educadas paraserlo y no supieron, no pudieron, no se animaron a mandar todo aldiablo para construirse otra vida.

Lo que escriben, no lo sé pero es previsible, no vale nada. Y qué.Siempre ha habido una alta dosis de mediocridad en todo lo que lahumanidad hace en este mundo. O como dijo el señor Ballard que no esuno de los amores de mi vida pero que tiene sus chispazos,cuando le reprocharon que el 90% de la ciencia-ficción fuera unabasura: "El 90% de TODO es una basura".

No son esos grupos los que hicieron que el mundo dictaminara (sies que lo ha hecho) que la poesía es cosa de mujeres. Es, de nuevo, eldiscurso social. Todo aquello que pasa a ocupar un lugar secundario odesprestigiado es automáticamente cosa de mujeres. La religión, ladocencia, la poesía fueron centrales en su momento: los señores semovían como dueños en esos círculos y se quemaba en la hoguera a lamujer que pretendiera un lugar en esas actividades. En cuanto elcentro se desplaza hacia otro tipo de disciplina, el lugar quedavacante para ser ocupado por las mujeres que ya se sabe somos tontas,superficiales, intuitivas, lloronas, que no tenemos nada que hacer.que nos dedicamos a la beneficencia, a los tés canasta, a pedir plataa nuestros maridos, a mirar teleteatros y a los desfiles de modelos(vayamos a preguntar a las mujeres de las villas). Se dictamina, allá,lejos de nosotras, que son esas actividades las que nos"corresponden", para después reprochárnoslas como si fueran delitos ofaltas con las que nacemos. Son cosas que van cambiando, claro que sí,era peor en tiempos de mi mamá y no digo nada en los de mis abuelas,pero que siguen vigentes en ciertas clases y "en el interior", endonde son más rígidas las delimitaciones entre lo que las mujeresdebemos y no debemos hacer.

Es necesario entonces adquirir una conciencia crítica, esnecesario saber dudar, cuestionar, decir que no. Es necesario aprenderque siempre se puede ir un paso más allá, averiguar lo que hay debajoo a un costado o atrás. Las buenas mujeres que se reúnen a tomar té ya leer poemas que hablan de la soledad de sus almas atribuladas, noson nuestras enemigas, no son tan distintas de nosotras: son aquéllasde nuestras hermanas que se quedaron en la mitad del camino.Quisieron, efectivamente; y no pudieron, desdichadamente. Las vencióuna sociedad que les marcó límites y conductas y ellas no supierondesobedecer, dudar, decir que no: se la creyeron y arremetieron aciegas y hoy no les queda nada. Quizá en su casa son unas arpías,quizá atormentan al marido, tiranizan a los hijos, odian a las nueras,maltratan a la muchacha por horas, hablan pestes de las amigas conotras amigas. ¿Qué las tortura? ¿Qué quisieron ser? ¿Empresarias,abogadas, bataclanas, paracaidistas, corredoras de fórmula uno,diputadas, guías de turismo, escenógrafas? ¿Llegaron siquiera asospechar que querían ser otra cosa y no ésa que les dijeron quedebían ser? Si hubieran podido intentar algo distinto, algunashubieran fracasado, ¿qué duda cabe?; algunas hubieran tenido éxito amedias, alguna hubiera llegado a ser la primera en lo suyo. Hoy vanuna vez por semana a tomar el té y a leer tonterías. No, no lesinteresa la literatura, el rigor, el trabajo duro, la búsqueda, ¿porqué habría de interesarles? Les interesa saber que hay otras a las queles pasó lo mismo que a ellas: se reúnen a leer versos que es unamanera de llorarse la vida.

Ni ellas ni la poesía de circunstancias ni el versosentimentaloide tienen poder para cambiar nada, para imponer nada, nipara hacerle creer a nadie que lo que hacen es literatura de la buena,ni para ocupar el espacio que le corresponde a un texto con estaturaestética. Si en alguna oportunidad un funcionario chiquito así le hizoun lugarcito chiquito así a una de esas poesías, eso tampoco cambianada; si en otra oportunidad un jurado compuesto por amigos premióalgún engendro lleno de efusiones sentimentales o patrióticas, tampocosucede nada importante. Quedémonos tranquilas.

O mejor no, no nos quedemos tranquilas. Sigamos escribiendo, perosobre todo sigamos haciendo los esfuerzos necesarios para noequivocarnos, para tratar de ver qué es lo que hay en verdad detrás delo que nos parece cursi o estúpido, para dar un paso más allá, paraechar sobre el mundo esa mirada distinta que nos encamina hacia lo quesomos y no hacia lo que nos han dicho que somos.

 

 
de  Escritoras y escritura, © 1992, Feminaria Editora, A.Gorodischer.
   

 

 
 
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