| Las categorías vitales según el sistema de clasificación de Linneo |
Ella estaba moliendo el grano en el mortero cuando llegó el hombregordo. Era realmente gordo y parecía más gordo todavía porque tenía lapiel rosada, sin una sombra de barba en la cara, y piernas y brazoscortos. -Querida, querida mía- dijo sonriendo. Ella no dijo nada pero la mano del mortero se movió bruscamente enuna dirección inesperada, quebrando el ritmo chac chac chac que habíallevado hasta ese momento. Era muy bella: empezaba a encanecer, teníamanos grandes y fuertes y piernas largas, y el sol le doraba la cara ylos brazos. Estaba descalza. -Te ves tan hermosa, tanto -dijo el hombre gordo-, mucho máshermosa que antes, palabra. A ella no le gustaba el calificativo hermosa. -Ya sé a qué has venido -dijo. Chac chac chac hizo la mano del mortero. -Pero no -dijo el hombre gordo. -Pero sí, ya lo sé. No puedo dejar esto. Debe haber por ahi algoen que sentarse. El hombre gordo miró a su alrededor y no encontró nada en quesentarse. Hizo un gesto de impotencia que quiso ser cómico, y entró enla casa. Volvió a salir con una silla. Ella no dejaba de mirarlo. -Estás equivocada -dijo el hombre gordo sentado en la silla-,completamente equivocada. Tuve que venir a un lugar aquí cerca, enfin, bueno, no muy cerca, no te voy a mentir no sea que lo averigües,en el campo los chismes corren tanto como en la ciudad, me imagino, ypienses mal de mí. No. Tuve que venir a Tresveredas donde hay unaestancia que nos va a servir de ambientación, en parte al menos, paraun trabajo nuevo que estamos haciendo, y, claro, me dije, con elauto, ¿cuánto será?. Una hora, me dije, no puede ser más. Pusecincuenta y tres minutos. -Estupendo -dijo ella chac chac chac. Hubo un silencio: solamente el mortero y un poco más lejos ungorgoteo. A ella se le ocurrió que el gordo estaría buscando algo dequé hablar. -¿Qué es eso? -preguntó él- ¿Agua? ¿Hay un río cerca? -Arroyo -dijo ella- y un molino. No te esfuerces tanto. Si tecuesta encontrar un tema de conversación, no hay inconveniente en quete quedes callado. O en que te vayas. -Pero, mi amor. -No me digas mi amor. -Está bien, está bien, no te enojes, todo el mundo se dice esascosas como mi amor, lo que quería decirte era que te aseguro que no hevenido con segundas intenciones. Chac chac chac, glo glo glo, antes de que se alargara el silencio,el gordo se apuró: -No me creas, bueno, no me creas, pero estando en Tresveredas medije por qué no, ¿eh?, ¿por qué no ir a verla? -Ya sabías por qué. -Y me vine -se hizo el que no la había oído, el que no oía ni elagua ni el mortero-, me vine para verte, para saludarte, ver cómoestabas, no para pedirte nada ni proponerte nada no, no, no, en esoestás equivocada. ¿Que sería una maravilla que volvieras? Ah, pero porsupuesto, quién más feliz que yo, que la empresa, que la ciudad, elpaís, quién más feliz si pudiera volver a ver tu cara en las tapas delas revistas, en la televisión, en el cine, en los grandes cartelesrodeados de luces. Eso ni se discute. Pero no fue por eso por lo quevine, no, no quería hablarte de nada, sólo verte, sólo quería eso,verte. Y sin embargo aquí estás hablando como siempre hasta por loscodos, pensarás. Y bueno, sí, no te falta razón. Hablo y hablo yhablo, como siempre, pero tendrás que admitir que no siempre conintenciones ocultas. Digamos que cuando estoy frente a un cliente y lehablo, no hablo para ocultar, hablo para mostrar, hablo para hacerlever las perspectivas, los aspectos más favorables de una campaña. Sipara eso tengo que tironear un poco de la realidad, recortarla,doblarla, deslizarla para acá o para allá, lo hago, lo menos posiblepero lo hago. Hoy no, acá no, sólo vine a verte, no vine a pedirte quevuelvas a la ciudad, a tu trabajo con nosotros, al ajetreo, las luces,las fiestas, el lujo, un público que te vería reaparecer boquiabiertoy encantado, no, no, no. Respeto tu decisión, como la respeté cuandodecidiste abandonar todo y venirte a este, ah, hmmm, a esta soledad.Cierto, cierto, sé lo que vas a decirme, me costó aceptar y dejarteir, cierto. Pero ha pasado el tiempo y has comprendido lo que yosentía, ¿no? Así que ya ves, vengo, te veo, te saludo y ya me voy. Teveo tan hermosa, tan tranquila, tan satisfecha que cómo podría, ah,no, no, no. No entiendo, eso también es cierto, no entiendo cómo esposible que te guste esto, que siembres, que muelas el grano, quecuides animales, que coseches, que ordeñes, que vivas sin electricidadni agua corriente. -Te olvidaste del telar -dijo ella-, tengo un telar y tejo mispropias telas y me hago la ropa. -Un telar, sí -dijo el hombre gordo meneando la cabeza-, sí, laropa, eso es, como te digo, no entiendo pero para mí también ha pasadoel tiempo y si bien no entiendo, respeto, respeto la vida queelegiste. Todo esto me es tan ajeno. Yo no tengo para ofrecerte másque dinero, y el dinero ya no te interesa, ¿no? Esperó. Ella no dijo nada. -Claro, claro -siguió el hombre gordo-, pero te acordarás de quees en el dinero en lo que se asienta mi mundo, el que fue tuyo algunavez. Yo sólo ofrecería eso, dinero, mucho dinero, muchísimo, diezveces más que el que ganabas cuando nos dejaste. Y claro, eso no teinteresa, no, no, no, si yo comprendo. Bueno, hemos tomado distintoscaminos, eso es todo. Lo siento, lo siento de veras, pero ahora que tehe visto tan bien, tan hermosa, tan, tan, tan completa, ¿eh?, ya está,ya veo que no vas a cambiar tu vida sencilla por eso que yo tengo, quehubiera tenido para darte. Ya me voy entonces, me vuelvo a la ciudad. Pero no se movió de la silla. Ella terminó de moler el grano. Sacóla mano del mortero y la limpió con una espátula de maderadespaciosamente, prolijamente. Revolvió con los dedos el granodeshecho y sonrió. -¿Terminaste? -Sí -dijo ella. -Qué bien. -Me voy a la huerta. Y cuando pique el sol, adentro, al telar. ¿Noera que te ibas? -Sí, sí, ya me voy. Me vas a tener que disculpar si te distraje. -No me distrajiste. Adiós. -Bueno, adiós. Un momento, te llevo la silla adentro. -No te molestes. -Insisto. Yo la saqué, yo la llevo -sonrió el hombre gordo. Fue hasta la casa llevando la silla, abrió la puerta. Ella miró elcielo: ¿agua? No, eso no era agua. Tal vez refrescara mañana, québueno sería eso. El gordo volvió a salir. -Bueno, querida, adiós, adiós. No, no me acompañes, te dejo,adiós. Y se fue, casi corriendo. Subió al auto y arrancó con apuro y elauto saltó hacia adelante. Ella escupió en el suelo y se frotó lasmanos en el delantal. Glo glo glo hizo el agua. Leña, pensó ella,tengo que ver lo de la leña. El hombre gordo llegó a su despacho a las nueve de la mañana. Alas nueve y diez estaba repantigado en el sillón anatómico diseñadopor Oniko Saburo en persona, no por su oficina o su equipo o algúnsegundón, nada de eso, y sonreía. Sonreía satisfecho y a su alrededor todos sonreían y el los mirabacara por cara calibrando la mostrada de dientes y el brillo de losojos. -No, señores, no -decía-, por supuesto que no la traje conmigo,¿qué se creen?, ¿que es una mujer como para ponerle el revolver en labarriga y decirle ¡andando!? no, no, no, no es esa clase de mujer, losque entre ustedes la conocen díganme si tengo razón o no. Murmullos hubo, y hasta palabras en voz baja, de aprobación yasentimiento, que en nada se parecían al glo glo glo ni al chac chac chac. -Así es, así es-dijo el gordo. Pausa, dramática pausa: -Pero va a venir -terminó. Aquí ya no hubo murmullos aprobadores. - Lo miraron, intrigados de veras. -Sutileza -dijo el gordo-, astucia, conocimiento de la naturaleza humana, aprovechamiento de las oportunidades que se presentan. Va a venir, señores, les aseguro, va a venir a negociar. ¿Cafe?, ah, sí, eso es, cafe, a esta hora cae muy bien un cafe, venga, m'hija, no, ahí no, aquí déjelo aquí venga, usted esnueva, ¿no?, ya me parecía. ¿Cómo se llama? Vanessa, lindo nombre parauna chica linda, gracias, Vanessa, sirva a los señores y puede irse,si la necesito la llamo con dos timbres, ya le habrá dicho misecretaria, eso es. Todos hicieron equilibrio con la taza de café en la mano, elazúcar, la cuchara, la sacarina, menos el hombre gordo en su sillónanatómico frente al escritorio. La puerta se cerró suavemente. -Le dije, claro -siguió el gordo-, que estaba bellísima, lo cuales cierto, aunque habrá que hacer algunos retoques respetando el gustodel público, pero no le dije que la necesitábamos de vuelta, no, esono -un sorbo de café-, eso hubiera hecho que se cerrara y dijera ¡no!antes de saber de qué se trataba, sin escuchar siquiera. Le dije queno la necesitábamos y que nada teníamos para ofrecerle, nada salvomontañas de dinero, lujo, fama, admiradores. Y que esa nada era másnada frente a su altiva soledad, el ordeñe, la siembra, la cosecha,los animales, el molino. Ah, y el telar. El gordo sorbió el cafe y siguió sonriendo. Los otros también. Elgordo dejó la taza sobre el escritorio. Los otros la sostuvierondesamparadamente en la mano: ¿era que nunca iba a tocar los dostimbres ese gordo infecto? -Pero, ah, señores, eso no es todo. ¿Se preguntan ustedes cómopuedo confiar tanto en el resultado, positivo para nosotros, de un parde frases? Es que, en primer lugar, la conozco, oh, sí, después deaños de trabajar con ella, la conozco muy bien. Y en segundo lugar, siha cambiado tanto que ya no es la mujer que conocí, bueno, en ese casotengo otra carta de triunfo. Se levantó. Casi graciosamente, porque los sillones anatómicos deOniko Saburo permiten ese milagro, fue hasta las puertas invisiblesentre la boiserie, detrás del escritorio. Las abrió, sacó algo, lascerró, volvió. La puso sobre el escritorio: -Qué me dicen, ¿eh?, qué me dicen. Los otros dijeron algo así como oooh y las tazas de cafétintinearon. -Una verdadera joya -dijo el gordo-, estoy de acuerdo con ustedes.Entré a dejar en su sitio una silla incómoda y dura que había sacadopara sentarme, y la vi. Estaba allí en cualquier parte, en un estanteentre unos platos ordinarios y una tijera de podar. No dudé uninstante. Rápido como el rayo, en medio segundo la tenía oculta bajoel saco. Mírenla. Parece cristal, ¿no?, agua, luz, nada, un reflejo. Yfijense cómo brilla, fijense acá, esta arista, aquí donde hace elángulo, vengan, vengan, mírenla desde acá, ahí, con el sol de eselado. Eso. Díganme si no es extraordinaria. -Qué barbaridad -dijo alguien. ¿Seria eso una crítica o una alabanza? Se inclinó por lo segundo:el mundo era un lugar amable y soleado habitado por gentesencantadoras y benévolas. -De manera que -siguió- si no viene tentada por el cuadro quetracé de la vida que lleva y el de la vida que podría llevar, va avenir a buscarla. Puede vivir sin dinero, sin lujos, sin calefacción, teléfono, televisor, pieles, alhajas,autos y admiradores, pero no va a admitir que la roben. Va a venir. Mepregunto si habrá dormido anoche. La puerta que se había cerrado suavemente detrás de Vanessa, lachica nueva, se abrió con un estampido. Pegó contra la pared y volvióa cerrarse con otro estampido, pero ella ya estaba adentro. -Querida mía -dijo el hombre gordo. Los otros retrocedieron, ella rugió. No dijo nada, no habló: rugióy se abalanzó al escritorio. Tendió la mano izquierda y la retiró y yano hubo nada que destellara a la luz. Alzó la mano derecha y levantóla azada sobre la cabeza del gordo, pero cuando la descargó él ya noestaba allí, se había metido bajo el escritorio. Ella se rió: ya norugía, se reía. Con la mano izquierda bajo la capa que la cubría hastalos pies, giró por la habitación blandiendo la azada como un molinete.Los hombres escaparon, las tazas de café cayeron al suelo y el cafémanchó la alfombra color tiza. Ella empezó a destrozar a golpes deazada los vidrios de los anaqueles; siguió con las miniaturas en losestantes, los cuadros, los tapices, el aparato de televisión y el demúsica, los ceniceros, las botellas en el bar, los vasos, losbotellones, la cocktelera, los platos. Volaron los pinches de plata,los cortapapeles, las estatuillas de piedras duras, las jarras degres. Ella se volvió. El gordo alargaba la mano hacia el teléfono.Cayó la azada y le clavó la mano contra la madera del escritorio. Lasangre goteó junto al café, el gordo se desmayó. Ella arrancó la azaday la descargó una y otra vez sobre el teléfono y después sobre elsillón anatómico diseñado por Oniko Saburo y después sobre los vidriosde las ventanas, uno por uno. Y como ya no quedaba nada sano, metió lamano derecha también bajo la capa y se fue. Costó un montón de plata hacer limpiar la alfombra. Casi hubierasido mejor comprar otra.
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